30 septiembre 2010

"ANTROPOLOGÍA DE LA DISCAPACIDAD Y LA DEPENDENCIA".


Un enfoque humanístico de la discapacidad.
Ricardo Hernández Gómez. 







EL DISCAPACITADO ANTE LA SOCIEDAD
(Fragmento)

El mejor maestro del hombre es la humanidad.(Alejandro Pope).
  
Con el término “discapacitado” pretendemos sustituir a aquellos otros que, en lengua castellana, quieren indicar a “la persona que, por una u otra razón, ve alterada la suficiencia o aptitud que como humano le corresponde’. Esta sustitución la consideramos necesaria dada la impropiedad y aún la poca elegancia y comprensión que muestran los términos usuales. Una revisión de algunos de los más importantes de entre ellos justificará nuestro punto de vista, más ampliamente expuesto en otros momentos y lugares.

lnválido.—Es la denominación más extendida de todas. En latín, el verbo “valeo” poseía un claro sentido de “tener salud”, de donde su uso como saludo, que más adelante se pierde, quedando en español, para la palabra valor y sus similares, un significado de utilidad y de posesión. A estas acepciones se refiere la palabra inválido, el que no vale, impregnada de un claro matiz negativo por la presencia del prefijo “in”.

Lisiado.—Dícese del que sufre una imperfección orgánica. Etimológicamente tiene este término el mismo origen que la voz “lesionado”, es decir, el verbo “laedo”, dañar, que da “laesio”, daño, lesión.

Tullido.Indica esta palabra, según el Diccionario, al “individuo que ha perdido el uso y movimiento de su cuerpo o de uno o más miembros de él”. Deriva del verbo latino “tollere” en su acepción de acabar, destruir.

Mutilado.Proviene de mutilar, es decir, “cortar o cercenar una parte del cuerpo”. Sería este un término correcto para expresar con él a los amputados, por ejemplo, pero no a la mayor parte de los discapacitados.

Incapacitado.—Originada esta denominación en el verbo “capio”, coger, poseer, encierra idéntico matiz de negación total que la palabra inválido, negación o ausencia que en muy pocos casos llegará a darse. En rigor significa “el que no puede asir o tomar’. Indica imposibilidad de usar la propia capacidad.

Leprosos. Edad media.
Impedido.—”Aquel que no puede usar de sus miembros ni manejarse para andar”. Es uno de los muchos términos que derivan de la palabra latina “pes”, pie.

Deforme.—También es palabra de estirpe latina, que significa literalmente “irregular en la forma”.

Tarado.—A pesar de su similitud con la voz italiana “tara”, estigma o desmerecimiento, la etiología de esta palabra parece ser árabe, inspirada en “tarah”, que significa sustracción o descuento. Puede decirse por tanto de aquel que ha sufrido una rebaja o merma.

Baldado.—Dícese del individuo “privado por una enfermedad o accidente del uso de los miembros o de alguno de ellos”. Su entronque es también árabe, de “battal”, anular.

Como puede verse, todos esto términos poseen una clara orientación negativa, de anulación. Además, el uso secular les ha venido confiriendo, al menos en parte, un matiz de descrédito peligrosamente cercano al ridículo, con cierto regusto de denigrante y aún ofensivo, todo ello difícil ya de eliminar. Para salir al paso de estas defectuosas matizaciones no queda sino el camino de los neologismos y así surgen los términos “disminuido”, (“físico” o “mental”), “minusválido’ y “discapacitado”. Son varias las razones que nos han hecho preferir el último de ellos:
1. Encierra un concepto absolutamente general en cuanto al tipo de alteración existente, es decir, se refiere, al contrario que casi todas las demás denominaciones, incluido el neologismo disminuido físico, tanto al aspecto físico como al mental y aún abarca, dentro de cada uno de ellos, cualquier clase de alteración que pueda darse, siempre que esta alteración afecte en algo la capacidad psicofísica del individuo.
2. No implica negación ni disminución alguna sino, como queda dicho, alteración. Alteración de unas cualidades que, por otro lado, pueden estar sobradamente compensadas con la presencia o desarrollo de otras diferentes o que no impiden el desenvolvimiento del discapacitado en un tipo de actividad para la que no sean esenciales esas cualidades alteradas. Llamar minusválido, o disminuído, a Beethoven, por sordo o a Homero, ciego, se sale de toda ponderación, puesto que en otros aspectos ambos se hallan muy por encima del resto de la humanidad.
3. Indica, sin duda alguna, una posibilidad de acción positiva, en un sentido que muchas veces es ignorado incluso por el propio interesado, pero que los aspectos vocacionales de la Rehabilitación se ocupan de poner al descubierto.
4. No posee el más mínimo matiz ofensivo o de negación ni, por tanto, de tristeza. Antes al contrario encierra una idea de reorientación profesional, de su posibilidad y de su necesidad. Es, en suma, palabra abierta hacia una auténtica y regeneradora esperanza.
Baste lo dicho para justificarnos por emplear, en este trabajo, el término “discapacitado” en sustitución de los habituales de “inválido”, “tullido”, “lisiado o “incapacitado”, todavía por desgracia tan al uso entre nosotros, así como de los neologismos “disminuido físico”, “disminuido mental” y “minusválido”, que nos parecen menos acertados en su matización negativa o en su acepción demasiado unilateral.


No puede decirse que haya sido agradable ni justo el trato que han recibido los discapacitados en el transcurso de la historia de la humanidad. Bien poco realmente bueno y ecuánime han de agradecer a las personas refugiadas en esa forma de convivencia denominada “sociedad”. Hasta hace bien poco les ha sido negada prácticamente, y salvo algunas excepciones, toda posibilidad de integración en la comunidad, lo cual ha motivado, por una parte, una serie de reacciones en cierto modo lógicas y por otra la aparición de situaciones tan absurdas como reales producto del choque entre ambos grupos de intereses. Una evolución gradual y lenta ha ido teniendo lugar hasta llegar a nuestros días, momento en que el problema va a quedar por fin totalmente superado. Esta evolución en el pensamiento, en la conducta y, sobre todo y ante todo en la magnitud espiritual y cultural del hombre, que le ha permitido alcanzar esta meta de convivencia y humanitarismo, puede ser interesante de analizar siguiendo el transcurrir de una serie de etapas cronológicas.

Etapa prehistórica.
Hasta cierto punto resulta lógico que el hombre primitivo, obligado a vencer peligros de casi imposible superación simplemente para alcanzar el derecho a proseguir su existencia, apartase de sí todo aquello que no le representaba una positiva ayuda. Cuanto más si constituía una carga. Sin embargo, algunos hechos hacen pensar que, al menos, se intentaba alguna acción curativa, como lo demuestra el hallazgo de fracturas óseas consolidadas (Homo Neanderthalensis) de modo tan perfecto a como hoy se lograría. Algo después, en la Era Neolítica, existen pruebas de que se realizaban amputaciones (restos de La Terre, en Francia), si bien las especiales características de estas (manos y, sobre todo, dedos) han hecho pensar en la práctica de algún rito o ceremonia religiosas. Una intervención, interesante por su antigüedad. es la trepanación que hoy día, en alguna tribu aislada del continente africano se sigue realizando, seguramente con la misma técnica usada en la Prehistoria, sin el empleo de anestésicos y con resultados postoperatorios excelentes, a pesar de la increíble atmósfera en que se lleva a cabo la intervención. Probablemente, hay también aquí un fuerte componente religioso, premonición de los famosos “endemoniados” medievales. En vasijas de épocas más modernas de la Prehistoria se han encontrado grabadas figuras de cifóticos, enanos, amputados, etc., lo que demuestra que al menos el discapacitado existía, puesto que era conocido.

Primeras civilizaciones.

 Las Culturas Primitivas de la humanidad están unidas por un mismo denominador en relación con el discapacitado: Proscripción y desprecio. Ello deriva tanto de la creencia en que la fuerza física constituía el máximo don para el hombre como de la idea generalizada de que las deformidades y deficiencias físicas y las alteraciones mentales eran una muestra del castigo divino por pecados cometidos por los interesados o sus ascendientes o bien signo externo de la malignidad del sujeto. Es curioso que esto ocurriera tanto en los países orientales y asiáticos como en las alejadas tribus americanas. Así, los Indios Salvias de Suramérica daban muerte a sus miembros con alteraciones físicas, tanto congénitas como adquiridas, lo mismo que en la India eran lanzados al sagrado Ganges. Algunos pueblos, al menos relativamente, se salvan de este comportamiento, como son el egipcio y el hebreo entre los orientales y el maya entre los americanos.

En Egipto, si bien es posible que esto sucediera de modo exclusivo con las personas reales o de elevada alcurnia, existen pruebas de que se aceptaba y se trataba de mejorar al individuo discapacitado. Así, el bajorrelieve existente en Copenhague, que representa a un príncipe de la XVIII dinastía, Imperio Nuevo (unos mil cuatrocientos años A. C.), con una extremidad inferior intensamente atrófica, seguramente como consecuencia de un proceso poliomielítico, y apoyado en un largo bastón. La representación más habitual del dios Horus era en forma de un niño débil y poco desarrollado situado sobre las rodillas de Isis, su madre. También se conserva una fractura de extremidad inferior, con una ingeniosa férula inmovilizadora, hallada en una momia de la V dinastía (unos dos mil quinientos años a. A. C.), lo que indica el buen desarrollo de la Medicina egipcia. Los hebreos parece trataban bien a sus discapacitados, considerándolos como verdaderos hombres y, por tanto, hechos a imagen y semejanza de Dios. De los mayas sabemos que poseían una gran bondad de costumbres. Respetaban y querían a los ancianos y les eran especialmente gratos los enanos y los seres deformes.

 Grecia y Roma.

En Atenas, si bien de una forma empírica y naturista, comienzan a crearse lugares saludables, por su clima o sus aguas, para la estancia de enfermos o convalecientes. En cambio, en Esparta las leyes de Licurgo, que pretendían una mejora racial a ultranza, así como la pertenencia total del individuo al Estado, obligaban a que todo aquel que al nacer presentase una deformidad física fuese eliminado. Para ello, como es bien conocido, se recurría al despeñamiento por el monte Taigeto.
Los romanos, especialmente a partir de la Ley de las Doce Tablas (540 A. C.). conceden al padre todos los derechos sobre sus hijos, muerte incluida. En general, sin embargo, la muerte del niño deforme no era lo habitual, sino que se le abandonaba en las calles, o bien se le dejaba navegar por el Tíber, introducido en un cesto, para pasar a las manos de quien le utilizase, bien como esclavo, bien como mendigo profesional. Es en Roma donde se inicia el ejercicio de la mendicidad como oficio y donde nace la costumbre, tan extendida después, de aumentar las deformidades deliberadamente con el fin de que al ser mayor la compasión fuesen también mayores las limosnas. Esto originó todo un comercio de niños deformes o deformados a voluntad con distintos tipos de mutilaciones que se va a mantener prácticamente hasta nuestros días. Es en Roma, finalmente, al ser un país guerrero por antonomasia, donde se va a dar por primera vez el sistema de retribución a los discapacitados, si bien exclusivamente por causa bélica, a través de la entrega de tierras de labrantío, cuyo cultivo les permitiese proveer a su subsistencia. Este sistema es el que dio origen indirectamente a los agrupamientos llamados “collegia”, antecedente directo de las agrupaciones gremiales de la Edad Media.
Hecho importante en esta etapa lo constituye la aparición del Cristianismo, que, en principio, consigue la integración fraternal de todos los hombres en una sola comunidad. Esto da origen a la creación de instituciones para la atención del discapacitado, que culminan con los “nosocomios” del emperador Constantino. Puede decirse que esta época constituye un oasis de bienestar en la odisea del discapacitado.

Edad Media.

Pocas etapas en la historia de la humanidad más descorazonadoras y tristes que la fanática, aunque dinámica, Edad Media. Lo mismo que sucede en las ciencias y en las artes, lo social sufre un gran retroceso. El discapacitado encuentra muy poco a su favor, como no sea persecución, superstición y daño, en lo cual intervienen una serie de factores que no es del caso analizar. El significado religioso de las deformidades se exacerba y así puede verse que los genios del mal son representados en la figura de seres físicamente deformes. La deformidad es un castigo divino y la enfermedad obra del demonio. Es corriente ver en pinturas de la época al diablo saliendo, generalmente por la boca, de la persona “posesa”, como en la tabla de Leonhard Beck, conservada en Viena, y que representa a “Santa Radegunda expulsando a un diablo”.
Por añadidura, el número de discapacitados aumentó considerablemente debido a las invasiones, fundamentalmente la árabe, y las Cruzadas, así como a las innumerables epidemias que azotaron Europa. De esta manera se inicia una larga e importante etapa en la historia del discapacitado, como es el asilo y socorro en los centros y comunidades religiosas. Pronto nace, sin embargo, la idea de atribuirles actos de hechicería y brujería por pactos hechos con Satanás, creencia que les consigue el odio y la animadversión generales. Se incrementa también de modo fabuloso la explotación de la mendicidad como negocio y, por tanto, la mutilación de niños nacidos incluso sin ninguna alteración. De bien poco sirven a este respecto los esfuerzos de legisladores bien intencionados, que entre nosotros se remontan a Alfonso X el Sabio, continuando a través de Pedro II y Enrique II, quienes especificaron que los mendigos “robustos y voluntarios” fuesen expulsados y no recibiesen limosna.
Resulta curioso advertir que en otros lugares del mundo la suerte del discapacitado en esta época no era mucho mejor que la de sus compañeros europeos. Era norma general, tanto entre las distintas tribus americanas como en las del Pacifico, el abandono de los miembros no capaces para valerse por sí mismos cuando las circunstancias obligaban a una emigración masiva. Hasta hace bien poco ha prevalecido esta costumbre entre las tribus esquimales. Una excepción, acaso en el mundo entero, la constituyó la tribu de indios Pies Negros, de Norteamérica, que cuidaba de sus miembros impedidos aunque ello representase un sacrificio para los intereses comunes.
Un hecho importante se da en la Edad Media y es el agrupamiento de los artesanos, en su lucha contra el feudalismo, en “gremios” o “cofradías”. Por primera vez nace una idea de ayuda por y a través del trabajo. Este sistema se inicia en las “gildas” germanas y se extiende rápidamente por toda Europa, manteniéndose prácticamente hasta el siglo XVIII, en que aparecen los Montepíos Laborales, que dan paso finalmente a las modernas asociaciones obreras sindicales. Entre nosotros se conservan, sin embargo. algunas de aquellas agrupaciones, como son las Cofradías de Mareantes, del Norte y el Levante español, que encierran seguramente la más perfecta ordenación social alcanzada hasta hoy por el hombre. Los discapacitados aportan su ayuda en forma de enseñanza e instrucción profesional de niños y adolescentes.

Renacimiento.

Luis Vives.
Lazarillo de Tormes.
Representa el Renacimiento no la meta, sino el camino para llegar a ella. La ruptura con la tradición y el oscurantismo es una especie de epílogo de la Edad Media, que es a su vez el prólogo de la civilización moderna. Nos cabe el honor a los españoles de que fuese el valenciano Juan Luis Vives el primero en promover la necesidad de una revisión de las estructuras sociales basada en la organización estatal, lo cual afectaba de modo directo al discapacitado.


“Quien quiera comer, trabaje”, dice Vives.“Quien quiera trabajar, encuentre dónde”. En esta idea le secundan eficazmente autores de tan acendrado cristianismo como buena voluntad, tales Fray Juan de Medina, el médico Cristóbal Pérez de Herrera y sobre todos el P. Juan de Mariana, quien propone incluso el paso al Estado de los bienes y posesiones de la Iglesia para un mejor cometido por parte de aquél. Contra esta acción se alza bien pronto una fuerte reacción, sustentada especialmente por el P. Domingo de Soto y por Fray Lorenzo de Villavicencio, en defensa de las prerrogativas eclesiásticas y del derecho a la mendicidad y a la limosna. Así, sucede que a pesar de haber sido nuestro país el primero en intentar mejoras sociales es prácticamente el último en alcanzarlas, ya que hasta el siglo XVIII, con Felipe V, no se consigue imponer el papel del Estado en los asuntos de Beneficencia como colaborador de la Iglesia.

Entre tanto, en los siglos XVI y XVII se habían dictado en Inglaterra “leyes de pobres”, que si no son una solución si que representan al menos una ayuda para los discapacitados, todavía incluidos en ellas. Por toda Europa se van extendiendo dos aspectos médicos fundamentales para su beneficio, como son la Cirugía ortopédica, impulsada sobre todo por el francés Ambrosio Paré, y la confección de prótesis y aparatos ortopédicos, muy desarrollada en Alemania. Se prepara, en fin, el paso a la sociología científica, que va a llegar con el siglo XVIII y que va a constituir la clave del progreso actual.




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