20 septiembre 2010

Ética social y discapacidad.


Ponerse a salvo.
Prof: Silvina Peirano.



Hablar de los vínculos existentes entre ética y discapacidad implica comenzar por observar el contexto sociocultural en el que estamos inmersos. Sociedades e individuos han reconsiderado a través del tiempo sus concepciones respecto de la salud, la enfermedad, la vida, la normalidad, etc.

Siguiendo una concepción mítica de la felicidad como la vida sin sufrimiento, veremos reeditar de generación en generación estas primeras soluciones mágicas que le ofrecen al hombre el fondo cultural, psicológico necesario para elaborar sus limitaciones ante el deseo inconciente de omnipotencia.

Con o sin discapacidad, la vida del hombre pasa por la dolorosa confrontación con la soledad, la enfermedad, las finitud, surgiendo con fuerza aspectos dolorosos reprimidos de nuestro mundo interno, permitiéndonos el enfrentamiento con lo real, adaptando y superando la distancia entre lo esperado y lo obtenido. La enfermedad tenderá a convertirse en injusticia, la muerte en castigo, la discapacidad en vergüenza social y padecimiento personal.

El discapacitado, obligado a vivir con sus limitaciones, nos enfrenta con aquello que en nuestra propia exigencia nos encargamos de negar.

Cabe preguntarse en ésta instancia, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de calidad de vida en relación a las personas con discapacidad: pueden dichas personas acceder a una condición digna de ser vivida en tanto su existencia parece estar signada por la forma universal del sufrimiento. ¿De qué manera estos rótulos, supuestos, creencias, concepciones sociales, etc, han influenciado a través del tiempo el mundo de la discapacidad. En éste sentido: ¿cuáles son los verdaderos mecanismos que intervienen al legitimar la problemática de la discapacidad? : ¿Cuál es el rol de la ética social a partir del nacimiento y desarrollo de un sujeto con discapacidad?.

El problema ético parece estar dado por el establecimiento del grado de discapacidad que como sociedad, estamos dispuestos a aceptar”.


La historia del sujeto- al decir de Freud- se desarrolla en una serie más o menos constante de identificaciones reales o ideales, constituyendo lo que denominó IMAGO. Es éste estereotipo inconsciente el que orienta selectivamente las formas que el sujeto aprehende a los demás. Una vez que éstas relaciones son objetivadas, se traducen en normas, sentimientos e imágenes que constituyen los medios establecidos por las sociedades para categorizar a las personas y los atributos que se perciben como normales.
Dichas expresiones culturales no son el producto de un hacer individual, sino social, en el que convergen elementos simbólicos uniformes y constantes, narrados en forma desplazada: se dice una historia para contar otra. La historia de los orígenes en la categorización de las personas con discapacidad se vuelve “su” historia personal, constituyendo lo que Goffman denominó identidad real o virtual.

En general, no somos concientes de haber formulado este tipo de demandas, no hasta dejar de ser expresiones simbólicas para convertirse en exigencias sociales. Cualquiera sea el tipo de demanda, no puede más que constituir un verdadero reto al equilibrio psicológico de las personas con discapacidad; involucrando a sus familias, poniendo en juego procesos tales como culpabilidad, alejamiento, resentimiento, hostilidad, heroísmo, ansiedad, depresión, compensación, etc.
Aparece entonces lo imaginario: imaginamos no poder soportar el dolor frente al nacimiento de un hijo discapacitado, imaginamos no poder sentir más que compasión frente a sus limitaciones, imaginamos la sacrificada tarea de sus padres y/o docentes.... Imaginamos, continuámos haciéndolo. Imaginamos todo que lo que escapa al campo del saber y de la confrontación con lo real: imaginamos qué sentiremos mañana a partir de lo que hoy desconocemos por temor a que nos suceda.

La discapacidad nos coloca frente a innumerable cantidad de situaciones que conllevan el riesgo, pero también la oportunidad de enfrentarnos, desde nuestras propias limitaciones, a un universo nuevo.


LA MIRADA QUE NO CESA.

Los griegos, que aparentemente sabían mucho de medios visuales,
Crearon el término ESTIGMA, para referirse a signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual en el status social de quien lo presentaba.


La mirada:
Las sociedades establecen los medios para categorizar a las personas y los atributos que se perciben como esperables en sus miembros. Por lo general, ésta categorización no se realiza a nivel conciente- y los contenidos implícitos que éstas sustentan - no se advierten hasta que se descubre que se ha estado concibiendo determinados supuestos sobre el individuo que tenemos frente nuestro.

La mirada imputadora.
Resultan frecuentes los comentarios de personas que presentan algún tipo de discapacidad física; a cerca de las miradas de quienes los rodean sobre su cuerpo enfermo. Las posturas suelen variar entre quienes deciden ignorar, padecer o incorporar las miradas de los otros como parte de la vida de una persona con discapacidad. Tantas son las formas de responder a las miradas ajenas como personas con discapacidad y “observantes normales existen”.. Pero: ¿qué buscan éstas miradas al exponer el cuerpo del discapacitado a la categorización de los atributos sociales?.

Un atributo de la naturaleza del estigma produce en los demás un descrédito de la persona que lo posee, sólo a partir de la imagen corporal. Esto constituye una discrepancia entre la IDENTIDAD REAL de la persona y la IDENTIDAD SOCIAL, que implica un atributo desacreditador a través de la observación. En estos términos, se plantea una dicotomía del individuo: la real y la social, que profundiza las dificultades de identificación que el discapacitado físico posee a partir de un cuerpo que no logra sentir como propio.
El cuerpo tiene entonces un lenguaje; que habla por el individuo ante la presencia de un tercero. Nuevamente la persona con discapacidad es “hablada” por otro, en éste caso por su propio cuerpo.

En general, y valiéndonos de esta teoría de la estigmatización, construímos una ideología que valida nuestros propios miedos frente a la supuesta inferioridad del otro, racionalizando la discriminación y la culpa por ejercerla, no sin consecuencias sobre la calidad de vida del otro.
Surgen contradicciones mágicas como el sexto sentido, la cuestión de piel, el miedo al contagio, no movilizar una silla de ruedas o acompañar a un no vidente por temor a lastimarlo o no saber guiarlo, etc. Se suele percibir así mismo, una actitud defensiva de la persona y, por lo tanto, justificar la manera en que suele tratárselos.
La aceptación será un rasgo vital del individuo discapacitado, la vergüenza por la posesión de un atributo impuro...Tener conciencia de la inferioridad atribuída se traduce en sentimientos crónicos de inseguridad. El temor a la falta de respeto, representa otra deficiencia que se suma a la corporal. La incertidumbre en la persona con discapacidad surge no solo porque ignora en qué categoría será ubicado, sino también, si la ubicación lo favorece, ya que sabe que los demás pueden definirlo en función a su imágen.

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