12 octubre 2010

"Una descripción de las enfermedades de los ojos más comunes en el Egipto antiguo".


“(...)El rey ha venido a ti, ¡Oh Horus del Este! El rey te trae su gran Ojo izquierdo sanado, acéptalo del rey intacto, con su agua intacta, con su sangre intacta, y con sus conductos intactos (...)

Textos de las Pirámides (451, 452)
(Faulkner, 1969:90).
Fuente. Amigos de la egiptología

1.- Introducción

Egipto y su cultura milenaria nos aportan aspectos del día a día; de la naturaleza (el sol, el agua, el paisaje, la fauna); de la luz resplandeciente y cegadora del apogeo solar a veces hasta la amenaza para propios y visitantes. Y del hombre especie triunfante hacedor de cosas maravillosas como centro geométrico de este brillante y lumínico escenario. Sin embargo, qué consideración social le quedaba al hombre con defectos físicos.
Se sabe por el testimonio legado en diferentes formatos, que el egipcio del pasado era sensible y preocupado por el minusválido o el diferente. Aunque la iconografía egipcia no abunda en recrear la imperfección física, no es infrecuente ver a lisiados apoyados en báculos; a deformes con taras ostensibles; a ver el enano ocupado en diferentes tareas manuales (orfebrería, metalurgia), como en responsabilidades de la administración, a encumbrados sacerdotes y altos oficiales enterrados con el respeto que en vida tuvieron y que casaron con damas de alcurnia. No obstante, hay cierta perplejidad por la escasez de datos en cuanto al retrato del ciego y cuando se estudia se incurre en el monotema del ciego cantor y músico: ¿es la justificación de que el niño ciego indefectiblemente estaría destinado al mundo de la música? Si fuera así, no sería malo el destino que le deparaba la sociedad en tanto que habría pues un rasgo de humanidad para las personas con este infortunio. ¿Y si la deficiencia ocurría en la vida adulta, y si la deficiencia física sucedía al hijo del campesino? El oficio de músico destinado en un templo acaso no sería un mal destino. Existen muchas razones para pensar en la bondad intrínseca de la sociedad egipcia cuando en los textos sapienciales se dice:
“No te rías de un ciego, no te mofes de un enano...” (Lichtheim, 1976: Enseñanzas de Amenemope, XXIV, 1; 5-10)
No hay nada más justo que, desde la vivencia de una persona ciega, y como contrapunto, se liberen los sentimientos y dudas que serán interesantes de conocer para satisfacción del curioso lector. ¿Qué piensa un ciego que no siempre lo fue de sus compañeros en el antiguo Egipto? He aquí su experiencia:
ÄM_21300_07 (Berlín). Foto de D. Jaume Vivó
ÄM_21300_07 (Berlín). Foto de D. Jaume Vivó
Dice una vieja copla “dame una limosna mujer, que no hay desgracia mayor en el mundo que ser ciego en Granada”. Es sabido que antiguamente los ciegos iban de pueblo en pueblo cantando coplas y tocando instrumentos para así ganarse la vida. Hoy en día la calidad de vida de las personas ciegas va en consonancia con el desarrollo social del país en el que viven. No es lo mismo un ciego español, alemán o nórdico que un ciego africano o asiático. Pero, ¿cómo vivían los ciegos en el antiguo Egipto? Esta pregunta me la hago desde que hace unos años perdí la vista de manera fulminante. ¿Cómo vivían los ciegos en el Egipto faraónico? ¿A qué se dedicaban? ¿Qué les producía la ceguera? Estas preguntas volvieron a mi cabeza hace un mes cuando paseaba por Guiza cogido del brazo con mi acompañante vidente. Con el bastón plegado en el bolsillo le explicaba las distintas teorías sobre la construcción de las pirámides y fue esa persona la que me hizo esta pregunta ya conocida. ¿Cómo vivían tus “colegas”, me preguntó literalmente? Recuerdo mis anteriores viajes cuando podía ver la imagen de un arpista ciego en la tumba de... no me acuerdo… Sé que algunos eran sacerdotes. Pero, ¿y los demás? Sin duda la vida para ellos tenía que ser especialmente dura, a no ser que pertenecieran a familias nobles y ricas. Sabemos que para la población en general la vida en el antiguo Egipto era dura, cuanto más para una persona discapacitada.
Imaginemos por un momento a un noble egipcio perteneciente a la aristocracia al que le comunican que su hijo es ciego. Esto, aunque sea hace miles de años es fácil de suponer. El trauma para esa familia sería, como hoy en día, terrible, pero también como ahora sería más “llevadero” que para una familia de pobres campesinos que malvivían cultivando una parcela a orillas del Nilo. Imaginemos, sigamos imaginando, a esos dos niños. Sin duda al niño de familia noble y rica no le faltaría casi de nada, pero ¿sería aceptado socialmente el niño que había tenido la desgracia de nacer ciego en una familia que a duras penas sobrevivía? Jugaría con los demás niños del poblado o bien se quedaría en casa sentado en un rincón oscuro y apartado lejos de las miradas de los demás habitantes del poblado.
Y sobre todo que pensarían los dos, como podían imaginarse uno desde su gran mansión y el otro de su humilde hogar el río Nilo. ¿Cómo explicar a ambos que por orden del rey, del faraón, su señor, el hijo del dios miles de trabajadores arrancaban, arrastraban, pulían y colocaban con milimétrica precisión millones de bloques de piedra para construir la tumba del rey?
¡Cómo hacerles ver la belleza de los templos magníficamente decorados con pinturas y relieves resplandecientes!
¿Cuál era su situación en la sociedad? Lamentablemente todavía hoy en día, de vez en cuando, se nos encoge el alma con alguna noticia que habla de personas que han vivido aisladas por sus familiares por el hecho de padecer una discapacidad. Sin duda eso tendría que pasar no sólo en el antiguo Egipto, creo que en el resto de las civilizaciones ocurría lo mismo, como lamentablemente hoy en día todo depende del nivel social, cultural y económico de las familias y del entorno social.
Con el paso del tiempo y si no tenía otras enfermedades añadidas ese niño ciego crecía y se convertía en un adulto y creo que es ahí cuando los problemas serían de verdad graves. ¿Tenían los adultos ciegos en el antiguo Egipto posibilidad de trabajar? Además de músicos o sacerdotes, en algunos casos, cuál sería su destino. ¿Mendigar a las puertas de los grandes templos? Otro aspecto que no debemos dejar pasar por alto son los accidentes de trabajo. Sin duda, debido a las duras condiciones laborales de la época, debían producirse muchos. ¿Qué ocurría cuando un trabajador de las pirámides sufría lo que hoy podemos considerar un accidente sin importancia, como es el hecho que una arenilla de una piedra entre en un ojo? Hoy es algo habitual y por supuesto tiene tratamiento. Pero en el antiguo Egipto ¿Qué ocurría si esa pequeña herida se infectaba?, si más tarde o más temprano le conduciría a la ceguera. También podía ocurrir que con el paso de los años la excesiva irradiación solar condenara a más de un egipcio a la ceguera irreversible.
Cantor ciego (TT 78) La peinture égiptienne. Skira 1978
Cantor ciego (TT 78) La peinture égiptienne. Skira 1978
Sin duda el apoyo familiar, tal y como sucede hoy en día, tenía que ser clave para el desarrollo vital de una persona ciega en el antiguo Egipto. Pero no conviene confundir ayuda con sobreproteccionismo. Aquí como siempre los factores sociales, humanos y económicos son fundamentales. Volvemos a lo dicho anteriormente. No es lo mismo una desgracia como la ceguera en una familia con valores morales, éticos, y sobre todo económicos que esa misma desgracia en una familia que apenas pudiera subsistir. Debemos pensar que en el antiguo Egipto ocurriría lo mismo. Debemos pensar que algunos se casarían y fundarían una familia y aquí viene otro grave problema.
Las cegueras hereditarias. Es imposible imaginar que los médicos del antiguo Egipto pudieran diagnosticar enfermedades tales como la retinosis pigmentaria, la miopía magna o tantas otras que desgraciadamente e irremediablemente condenan a todos los miembros de una familia generación tras generación a la ceguera. Hoy en día eso se puede evitar, es cuestión de la conciencia de cada uno, pero seguro que en el antiguo Egipto no era posible.
¿Cómo sobrevivían esas familias? Sabemos por estatuas y otros documentos -todos conocemos la familia del enano que se expone en el museo de El Cairo- que ese tipo de minusválidos estaban muy bien considerados en Egipto. También sabemos y no conviene olvidarlo que los músicos ciegos estaban muy valorados en su época, pero quizás lo importante no está ahí, sino en la forma de vida de los ciegos, hombre y mujeres que hace miles de años vivían en la oscuridad en Egipto. No todos tenemos las mismas dotes para todo. Uno de los dos que esto escribimos es ciego, y os aseguro que no tiene oído para la música, sólo tiene orejas. Ya para terminar queremos hacer una pequeña reflexión. Si la vida de los hombres ciegos era dura. ¿Cómo imaginar la de las mujeres? ¿Querría alguien casarse con una mujer que no podía ver? ¿Y si no eran aceptados por la sociedad y no les quedaba más remedio que formar guetos apartados? Tendremos que tener en cuenta esta posibilidad.
Ajustada o no la realidad permítaseme que esta introducción hecha por dos personas con experiencias sensoriales tan opuestas sobre la cotidianeidad, sirva de pretexto para iniciarse en el discurrir por el estudio de las dolencias oculares tan abundantes en el Egipto faraónico. Y por añadidura por las connotaciones, fundamentalmente en lo social, que aquéllas tenían, en especial sobre los afectados de ceguera en la antigüedad egipcia.
Pocos países como el del Nilo sufrieron con tanta frecuencia el azote de las enfermedades oculares. Desde los albores de la medicina egipcia los egipcios del Reino Antiguo ya conceptuaban la oftalmología con una especialidad digna de consideración. Los ojos de los egipcios sufrieron el embate de abigarradas enfermedades cuya causa más frecuente eran el calor seco y sofocante; los vientos abrasadores cargados de arena, la luz intensa diurna, o la penumbra de las tumbas mal ventiladas; y entre otras más, la acción agobiante de los insectos y su abundante prole que, como ya dijera Heródoto (Libro II), causaban grandes estragos en los ojos egipcios. Este mismo autor relata como un faraón cuyo hijo quedó ciego fue instruido por los especialistas a lavarse los ojos con la orina de una mujer fiel; tal vez entonces como ahora fuere una posibilidad harto difícil.
Como respuesta a estos agentes nocivos abundaron numerosas propuestas terapéuticas en proporción con la variedad de dolencias oculares recogidas en la literatura médica papirológica. Con el movimiento de los siglos, desde la época faraónica hasta la literatura médica en la época del Egipto grecorromano, los médicos desde antaño habían adquirido un renombre extraordinario por la presteza en el tratamiento de los ojos. Quedó un legado que se fue recogiendo de manera muy bien documentada que data sobre todo del Reino Nuevo, y que atestiguan antiguos procedimientos mucho más añejos que el uso y la costumbre acabaron consagrando. Una reputación que sólo se vería eclipsada por el amanecer primero y el apogeo posterior de la medicina griega.
El advenimiento de los primeros Ptolomeos y la sede de Alejandría foco de referencia cultural en el mediterráneo y de atracción para los extranjeros ávidos de completar su formación académica, impulsó la medicina científica. Mediante la actividad de personajes como Herófilo y sus discípulos, que por medio de una práctica tan inhumana como injustificada como la vi

2.- Simbología del ojo en el Egipto Antiguo: El Udyat; entre el Mito, la magia y la leyenda

Los médicos de los ojos se situaban bajo el auspicio de las divinidades, según los acontecimientos y leyendas que las habían ligado con el órgano. La primera y tal vez el más importante fuera Thot, quien había curado el ojo herido al dios Horus dividido en sesenta y cuatro fragmentos a causa de la afrenta del malvado dios Seth, lo que también se ha relacionado con las fases lunares y éstas a su vez con los intervalos sucesivos de curación según se iban sucediendo. Tamaño prodigio quedó establecido con las siguientes palabras: “Yo soy Thot el médico del ojo de Horus” según se deja constancia en el papiro de Hearst (214). Precisamente este recuerdo es el fundamento de un acto de transferencia de poderes mágicos que se atribuían al ojo de un cerdo (animal sethiano por excelencia) pues al acercarlo al oído del enfermo acompañándose de la oración recitada y reiterada para que la enfermedad del ojo enfermo, o sea la endeblez, pasara al del animal (Ebers 356).
Museo del Louvre (París). Foto de Jaume Vivó
Museo del Louvre (París). Foto de Jaume Vivó
En ocasiones este dios se identificó con el ciego Mejentyenirty, otra deidad, con epítetos referidos con la dificultad de la visión que padecía: “Aquel cuyo rostro ya no tiene ojos y el que gobierna sin ojos”.
Al dios Amón también se acudía para que los sufrientes de los ojos encontraran alivio; en el papiro de Leiden I, 350 se le recuerda: “Como el médico que cura el ojo sin medicamentos, el que abre los ojos...”. Hubo un dios más antiguo aún que el anterior, Duau, adorado en Heliópolis, y que algunos oculistas famosos acogieron como su patronímico identificándose con él (Niankhduau).
En el esquema mental propio del egipcio las enfermedades, tal vez inexplicables para el conocimiento de la época, se atribuían a la acción punitiva del dios; y ocurrían cuando el infausto enfermo hubiera caído en desgracia por alguna falta concreta. En el Museo Británico y en el de Turín se hallan estelas donde se implora y se entregan ofrendas, ejemplos de piedad personal, para la curación de la ceguera. Los rezos escritos sobre ostraca o en estelas votivas, solicitaban un gesto pío a la divinidad ofendida para la curación de una ceguera surgida por la impiedad del hombre. En una estela (nº 589) del Museo Británico se puede leer: Yo soy un hombre que habiendo jurado en falso por Ptah, Señor de la Verdad, el me hizo ver la oscuridad en pleno día; en otra del Museo de Turín (nº 279) otro ciego dice: Apiádate de mi (a Toth), grande es tu poder, me haces ver la oscuridad que has hecho; apiádate de mi para que pueda ver”. Iguales rezos con idéntico propósito se dirigen a los dioses Jonsu, el pequeño dios hijo de Amón y Mut; y a Merseguer, la diosa serpiente señora de los valles de la necrópolis tebana.
A lo antedicho, para el creyente egipcio el simbolismo del ojo (Udyat: la unidad, la salud) fue extraordinario, potente talismán contra el mal en la vida, y del que ni siquiera en la muerte jamás se prescindió. Así alcanzó una connotación muchísimo más amplia y trascendente a lo meramente orgánico o funcional; esencial también para la farmacopea egipcia. Por lo cual el mito, la religión y el sistema de creencias en conjunto fundamentadas en estos conceptos de la fisiología del ojo, le proveyeron de una riqueza sin par que conviene recordar. Y qué decir del Ojo de Ra que comporta el terrible secreto del Mito de la Lejana y la leyenda de la Destrucción de la Humanidad. De Sejmet (“La Poderosa”) y de su homóloga la leona Tefnut que de alguna manera viene a reflejar el poder de úreo del dios.
Es Horus quien ofrece su ojo sano a su padre Osiris para devolverle a la vida: la ofrenda por excelencia a la par que la ofrenda de Maat. Otro simulacro de ojo cubría la herida practicada en el difunto por el momificador en el rito de la momificación. Y se encuentra en los ornamentos de los cetros, ataúdes, en las proas de las barcas a fin de que por la magia, el objeto inanimado cobrara la capacidad de la visión.
Mucho antes que en toda la cuenca mediterránea, “El Mal de ojo”, ya protagonizara un gran papel en el mundo egipcio. El mal de Apofis la serpiente que amenazaba la barca solar en la puesta del sol se encuentra por primera vez en los “Textos de los Ataúdes” y se retoma después en el Capítulo 108 del “Libro de los Muertos”; otros textos del Reino Medio hablan de la movilidad de la pupila de Apofis, del daño cometido contra el ojo de Ra. Se evitaba en los textos que el ojo no fuera escrito-dibujado en color rojo para que el lector no se expusiera al advertido mal con la simple lectura u observación. Es en épocas más tardías cuando las menciones al mal de ojo se hacen más esclarecedoras, hasta en los nombres propios (“Setau”; en neoegipcio), aún más claramente, en aquellos que portan expresiones tales como: “Que el dios o la diosa mate o espante el mal de ojo”. En los decretos oraculares se conmina al dios a proteger a una persona contra el mal. Como curiosidad conviene detenerse en la inscripción de un amuleto: “La flecha de Sejmet está en vosotros, la magia de Thot está en vuestro cuerpo, Isis os insulta; Neftis os castiga, la lanza de Horus está en vuestra cabeza. Ellos obran contra vosotros (...) los que estáis en el brasero de Horus..., quien echará un mal de ojo contra Padiimennebnesuttauy nacido de Mehtmusejet...
Finalmente, la pintura para los ojos sirvió también de “modus operandi” en los actos mágicos y en los ritos de adivinación (Papiros mágicos demóticos de Leiden y de Londres) o para contactar con la divinidad.

4.- Referencias documentales escritas sobre las enfermedades oculares

Por las razones expuestas es muy generosa la descripción de las dolencias y su correspondencia con las prescripciones. Sin más en el papiro de Ebers, fundamentalmente una compilación de recetas, se reúne alrededor de cien soluciones, a las que habrá que añadir las de los papiros de Carlsberg y Londres, o las referencias, hasta entonces inéditas, a las descripciones traumatológicas-craneoencefálicas de los movimientos oculares en el papiro quirúrgico de Edwin- Smith y por supuesto en el papiro ginecológico de Kahun que describe y asocia la patología de la mujer con la afección oftálmica.
En tratados tardíos de la época griega (sig. II, III a C.), se hallan prescripciones oftalmológicas bien antiguas, principalmente son dos cuestionarios y un manual además de un fragmento sobre el tratamiento quirúrgico de “Fluxión en los ojos”; o el equivalente moderno de un acúmulo patológico de líquido en los mismos. Queda para la imaginación del lector su identificación con alguna patología “moderna”.

visección, se estableció el primer mojón para la inauguración de la anatomía científica.

3.- La iconografía de las enfermedades oftálmicas

Se pueden ver muchas descripciones en la iconografía donde el ciego aparece tañendo el arpa acompañando a otros músicos, como ejemplo particular está el ciego arpista de la tumba de Najt (nº 52) o la del cantor ciego que bate palmas en la de Horemheb (nº 78). Es sobresaliente y didáctico el relieve de un arpista con los ojos rehundidos en el fondo de unas cuencas desmesuradas, los párpados cerrados, absolutamente inexpresivos, mientras que el rostro refleja una concentración profunda y eterna; está en el relieve de la XVIII dinastía (AMT 1-35) que perteneció a la tumba de Paatenhemheb; se encuentra hoy el Rijksmuseum van Oudheden de Leiden. Y en otra de la misma época, se ve igualmente a un grupo de ciegos cantores rezando arrodillados ante Ajenatón. Tanto es así, qué se podría decir sin caer en la exageración, que era Egipto un país de ciegos y tuertos como se expresa en ciertas fuentes bibliográficas.
Pero no siempre es la ceguera el foco de atención principal. El cuidado y el mimo del asistente, tal vez un oculista, con un compañero herido en un ojo, se ve en la fabricación de un mueble funerario en la tumba de Ipuy (Deir el Medina). Hay sin embargo un detalle precioso y preciso encima de ambos personajes: una pequeña arqueta donde uno quisiera creer que el voluntarioso cuidador de ojos no era un advenedizo; quién sabe si en ese pequeño mueble no guardara su juego de instrumental, por lo que es muy verosímil que el sanador del ojo fuera un médico.
Museo Imhotep (Saqqara). Foto de Joan Miratlles
Museo Imhotep (Saqqara). Foto de Joan Miratlles
El órgano de la visión como se viene aludiendo, pues, domina el simbolismo funerario y religioso. Son ojos mágicos, por doquiera que se busque: ataúdes, máscaras, relieves y estatuas donde los ojos se muestran bien realzados en las pinturas como si estuvieran vivos: ¡Y es que realmente lo estaban!

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...