04 mayo 2011

La mujer barbuda. El arte y lo "diferente".



  
                                 
José de Ribera (1591-1652) pintó este lienzo La mujer barbuda" (1631)   por encargo del Duque de Alcalá, que quería que el pintor trabaja sobre una "maravilla de la naturaleza".  


Este peculiar cuadro fue, sin lugar a dudas, el trabajo más extraño que realizó José de Ribera. Fue el Duque de Alcalá quien le solicitó retratar a esta mujer. Llamada Magdalena Ventura de los Abruzos que, al parecer, era madre de siete niños. El hombre que aparece en segundo plano es su marido mientras que la identidad del bebé que porta en brazos no está muy clara. Hay quiénes piensan que era su último hijo. Pero también es muy posible que no lo fuera y la presencia de éste en el cuadro cumpliera más a un propósito sensacionalista para recalcar y radicalizar aún más el contraste entre un acto tan puramente femenino como es el hecho de amamantar (cuando en realidad sería falso, porque no daría leche) con otro tan masculino como es la barba espesa y abundante.
Según pone la inscripción en latín al margen inferior derecho del cuadro, se dejó crecer la barba desde los 37 años y tenía 52 años cuando la retrataron. Una edad más que probable para tener la menopausia y si no ésta, al menos una gran probabilidad (si no seguro) de que tuviera ciclos anovulatorios. Por lo que la hipótesis de que no fuera suyo el bebé es la más probable. Además, si se fijan con detenimiento, el bebé no está cogiendo el pezón, no está mamando, bien puede ser debido a que el pintor lo hiciera con la intención de plasmar la repulsa del niño hacia la mujer (ya hay que ser cabroncete) o puede que plasmara la realidad: Ese bebé no era el hijo de esa mujer, ésta no estaba en el proceso de la lactancia y por tanto el bebé rechazaba el pecho de una mujer extraña y que además no le aportaba leche ninguna.
Este cuadro refleja un claro caso de hirsutismo con virilización. El hirsutismo consiste en un crecimiento excesivo de pelo además de su engrosamiento, pero en zonas característicamente masculinas, como puede ser la zona de la barba, el pecho, encima del pubis, etc. Lo que me hace pensar que no sólo no pusieron el bebé para darle el toque sensacionalista sino que lo más seguro es que afeitaron la zona de los senos. No tengo ni idea de qué estilo utilizaba José de Ribera en general, pero espero que no fuera uno que pretendiese reflejar la realidad (ni idea de qué nombre recibe esto en arte).
Este hirsutismo se debe a un exceso de andrógenos (hormonas sexuales masculinas). De normal, todas las mujeres tenemos cierta concentración de ellas en sangre, pero cuando, por alguna razón, esta concentración se eleva, aparecen signos como el hirsutismo. Cuando más acusada sea esta subida de andrógenos, mayor adquisición de características masculinas, lo que se llama virilización. Y, de esta forma, pueden aparecer alopecia, acné, voz grave, aumento del impulso sexual, etc. Por lo que podemos ver, esta mujer ya tenía unas “entraditas” bastante visibles y la cara es muy masculina, no podemos sacar mucho más porque la vestimenta poco ayuda a ver otros posibles signos de virilización.
No se debe confundir con la hipertricosis, que consiste en un crecimiento excesivo de pelo prácticamente generalizado. Ni tampoco con un pseudohermafroditismo femenino, ya que la mujer está totalmente diferenciada sexual y psicológicamente en mujer sólo que por una circunstancia concreta comienza a crecer más vello y a adquirir algunas características masculinas. No se trata, por tanto, de un caso de intersexualidad.
Quizás le sorprenda a alguien el hecho de que una mujer con semejante barba pudiera llegar a tener niños y es que si el hirsutismo y/o la virilización no es muy grave, no tiene por qué existir problemas para concebir. Noten que, aunque tiene una barba muy larga (fruto de estar 15 años dejándola crecer) tiene unos pechos totalmente desarrollados, lo que indica que la afectación a nivel neurohormonal no es tan exagerada como parece en un primer momento. Pero como todo el cuadro se centra en realzar el contraste entre el pecho y el aspecto masculino de la mujer de forma irrealista pues es algo que queda un tanto confuso. Y es que el morbo se vende muy bien, ya sea en el siglo XVII que en el XXI.

Artículo.
"Cuando clavé la mirada en las barbas luengas de esta mujer, retratada con gorro de tela fina, vestido medieval de cuello ancho y pecho descubierto, se me erizaron los vellos y se me agolpó una sarta de ideas asociadas a las mujeres que, entre anuncios de «pasen y vean aquello nunca visto en nuestras carpas», eran exhibidas como «monstruos» en los espectáculos circenses. 

La mujer barbuda, que responde al nombre de Magdalena Ventura, llegó a Nápoles procedente de Acumulo (región de los Abruzos). El duque de Alcalá, por entonces Virrey de Nápoles, impresionado por su aspecto de extremo hirsutismo, encargó a José Ribera inmortalizarla en una de sus pinturas en 1631. El pintor, consciente de haber encontrado el mejor motivo de su vida, echó mano a la paleta y los pinceles, y la retrató delante de su marido y junto al niño en pañales aupado en sus brazos. No se sabe con certeza si el niño era suyo, pero sí el dato de que esta mujer, según indica la inscripción pintada en el ángulo inferior izquierdo del cuadro, se dejó crecer la barba a los 37 años de edad. De seguro que desde entonces, al mirarse cada mañana ante el espejo, se llevaba las manos sobre el rostro y exclamaba: ¡Oh, madre mía! ¿Qué hice yo para merecer este castigo? 

Esta pintura renacentista, que forma parte del Museo Tavera en Toledo, es una magnífica representación de la rareza humana, una obsesión compartida por los señores de las cortes y los pintores de gran maestría y talento, como fue el caso del «Españoleto» José Ribera, reconocido por su estilo basado en violentos contrastes de luz, un denso plasticismo de las formas, un gran detallismo y una propensión a la monumentalidad compositiva; virtudes que se aprecian en esta espeluznante pintura, donde la mujer barbuda, de frente amplia y mirada serena, tiene los bigotes al ras del labio y la barba crecida hasta el naciente de los senos. El niño de pecho, que yace en las manos robustas y velludas, parece rehuir con aversión instintiva el pezón de la mujer barbuda, cuyo esposo, retratado en segundo plano por disposición del artista, emerge de las sombras con el rostro demacrado, como quien, por imposición ajena a su voluntad, deja revelar el secreto íntimo de su amada. 

Esta mujer barbuda, sin lugar a dudas, sufrió lo indecible en el fondo del alma y maldijo la hora en que fue concebida, como la célebre Olga Roderick, quien, a pesar de haberse casado tres veces y haber dado a luz a dos niños, acabó su vida en una empedernida bohemia, tras haber sido exhibida en circos y películas como una«monstruo incomparable». Lo mismo sucedió con la mexicana Julia Pastrana, primero sometida a la indagación de los hombres de ciencia y luego a la curiosidad de un público que la tenía por fenómeno natural. Julia era de sentimientos nobles, perohirsuta de pies a cabeza, un perfecto híbrido entre humano y orangután. No es casual que su uniceja, bigotes, patillas y barba, se hayan convertido en recursos rentables en manos de un empresario artístico que, además de contraer matrimonio con ella, la exhibió por medio mundo como a su peluda cónyuge, hasta que en 1859, estando de gira por Moscú, Julia Pastrana descubrió que estaba embarazada. El 20 de marzo de 1860 vino al mundo, por apenas 35 horas de vida, su único hijo varón. Ella murió al quinto día del parto. Al caer el telón tras el trágico final, los cadáveres, por ordenes expresas del esposo y apoderado, fueron momificados y rematados a la Universidad de Moscú. 
La mujer barbuda, por lo menos hasta principios del siglo XX, se ganaba el pan diario en los circos ambulantes que iban de pueblo en pueblo, donde se la presentaba entre bombos y sonajas: ¡Venga usted, diviértase, admírese! Conozca las desgracias y las miserias de nuestros monstruos. Contemple usted a la auténtica, la genuina, la increíble mujer barbuda y, si se atreve usted, por un par de monedas más podrá tocarle la barba y conversar con ella. Observe usted no a la mujer sirena, no a la mujer más gorda. ¡No! Vea usted, con sus propios ojos, a la mujer barbuda. Sí señor, oyó usted bien, la mujer barbuda; aquélla que por una maldición divina que cayó sobre su madre, tuvo la desgracia de nacer como el orangután... 

“La barbuda de Peñaranda”.
Juan Sánchez Cotán 
Así, al lado del contorsionista que tocaba el violín con el pie y el malabarista que hacía proezas sobre el lomo del caballo, estaba la mujer barbuda. Ella constituía la pieza clave de un circo clásico, con olor a boñiga de elefante y orín de tigre; ella encarnaba el horror, el suspenso y la monstruosidad; ella era la principal atracción del circo. Por eso el público, a la hora de enfrentarse al espectáculo estelar, se llevaba las manos sobre la boca y los ojos, mientras en la carpa se alzaban voces de admiración y espanto: «¡Ah!... ¡Oh!... ¡Uschh!..». 

Cada época imaginó sus propios monstruos. Las leyes de la naturaleza y la ciencia instauraron los límites más allá de los cuales el exceso desbordó en mostrar fenómenos naturales. Por eso la mujer barbuda, soportando una suerte de desprecio colectivo, pasó a simbolizar las deformidades, desviaciones, gigantismos, enanismos y otras anomalías. Su aspecto físico no sólo suscitaba escándalos y controversias, sino que fue incorporado a las representaciones y ficciones en las diversas artes, llegando incluso a conformar géneros literarios o cinematográficos que la tenían como figura central.


Durante la Inquisición, la mujer barbuda fue comparada con la bruja, de quien se decía que representaba las pasiones y los instintos reprimidos por el mundo masculino. Claro está, si era tan grande el desprecio, entonces es lógico deducir que esta mujer, retratada con impactante realismo por José Ribera, sufrió los miramientos de su entorno y las presiones sociales de su época, obligándola a vivir recluida entre las cuatro paredes del hogar, donde el único que la miraba a la luz de las candelas era su legítimo marido, ese hombre que encontraba la magia de lo sensual en las zonas pilosas de su mujer, quien, desnuda sobre las pieles de la alcoba, era diferente a las muchachas que, a fuerza de pinzas, navajas y ceras, se depilaban el cuerpo hasta quedar peladas como las crías de una rata. 

Una parte de la literatura inquisitorial retrató a la santa barbuda como un reflejo de misoginia. Las mujeres consideradas malignas estaban sintetizadas en la expresión: «demonio de mujer». No pocos exploraron el personaje mítico de la mujer barbuda, como expresión del travestismo, para indicar «un doble no deseado para la mirada masculina»; más todavía, algunos señalan que la mujer «masculinizada» ocupó un espacio importante en la hagiografía cristiana, a través de la hembra disfrazada de hombre en conventos y mediante la adquisición de abundante pelo que neutralizaba el apetito sexual masculino. 
La mujer barbuda, que en esta pintura provoca un vértigo entre lo real y lo imaginario, es un caso extremo de hirsutismo, un fenómeno natural que llama la atención de la mujer lampiña y provoca la envidia del hombre imberbe; de ese hombre que, desde los umbrales de su pubertad, abrigó el sueño de lucir una hermosa barba al estilo de Marx o Engels. 
Por lo demás, el tema tabú del pelo en la mujer ha llegado a tal extremo que hoy es repugnante que alguien tenga zonas pilosas. Quien opine lo contrario debe abstenerse por temor a que lo tilden de perverso y asqueroso, así le fascinen las mujeres que ostentan abundante vello allí donde se los puso Dios." 
                                                                                            Víctor Montoya.


Muchas de estas mujeres no tuvieron más remedio 

que convertirse en atracciones de feria.

Annie Jones nació en 1865
 en el estado de Virginia, EE.UU.

Delait Clementine (1865 -1939)

Clofullia Josefina Boisdechêne (1831-1875)

                                         Baronesa Sidonia de Barcsy

     Delina Rossa

"La mujer barbuda" 
Poesía erótica de 
Guy de Maupassant

Quand le vilain paillasse eut finit sa parade

J'entrais, je vis alors debout sur une estrade

Une fille très grande en de pompeux atours

Que des gouttes de suif tâchaient comme des larmes

Raide ainsi qu'un soldat qui présente les armes

Elle avait le nez fort et courbé des vautours

Elle était pourtant jeune, une barbe imposante

Lui couvrait le menton, noire, épaisse et luisante


L'étonnement me prit puis je voulus savoir

Je l'invitais d'abord à dîner pour le soir

Elle y vint elle était habillée en jeune homme

Un frisson singulier me courut sur la peau

La fille était fort laide et cet homme assez beau

Moi je m'assis en face un peu timide et comme

Si j'allais me livrer à quelques accouplements

Monstrueux, je sentis me venir par moments


Regardant cette fille aux formes masculines

Un besoin tout nouveau de choses libertines

Des curiosités de plaisirs que l'on tait

Et des frissons de femme à l'approche du mâle

J'avais la gorge aride et mon cœur palpitait

Je me vis dans la glace et me trouvais très pâle

Ses malsaines ardeurs me troublaient malgré moi

Elle but comme un homme et se grisa de même


Et puis jetant ses bras à mon cou, "Viens je t'aime !

Mon gros chéri", dit-elle, allons-nous en chez toi

A peine fûmes-nous arrivé dans ma chambre

Elle ouvrit ma culotte et caressa mon membre

Puis se déshabilla très vite et deux boutons

D'une chair noire et sèche indiquaient ses tétons

Elle était jeune, maigre, efflanquée et très haute

Sa carcasse montrait les creux de chaque côte


Pas de seins, pas de ventre, un homme avec un trou

Quand j'aperçus cela, je me dressais debout

Puis elle m'étreignit sur sa poitrine nue

Elle me terrassa d'une force inconnue

Me jeta sur le dos d'un mouvement brutal

M'enfourcha tout à coup comme on fait d'un cheval

Dans un vagin sec elle inséra ma pine

Sa grande barbe noire ombrageait sa poitrine


Son masque grimaçait d'une étrange façon

Et je crus que j'étais baisé par un garçon

Rapide, l'œil brillant, acharnée et féroce

Elle allait, elle allait me secouant très fort

Elle m'inocula sa jouissance atroce

Qui me crispas les os comme un spasme de mort

Et puis tordue avec des bonds d'épileptique

Sur ma bouche colla sa gueule de sapeur


D'où je sentis venir une chaude vapeur

De genièvre mêlée au parfum d'une chique

Pâmée, elle frottait sa barbe sur mon cou

Puis soudain redressant sa grande échine maigre

Elle se releva disant d'une voix aigre

"Nom de dieu que je viens de tirer un bon coup !"








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