25 diciembre 2011

"¿Dónde está el sexo?".

Por: Francesc Granja.

Desde "Mitología de la sexualidad especial", deseamos agradecer a Frances Granja, por su participación en nuestra sección "Testimonios", cediéndonos este relato esclarecedor y comprometido; que no hace más que validar las sexualidades diversas y propiciar las búsquedas personales a través de los derechos sexuales de todos y todas.
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Desde que me quedé tetrapléjico, tardé seis meses en tener la primera relación sexual con mi esposa. El médico nos había recetado la papaverina para provocar una erección y, así, completar la penetración. Decoramos con champán y jamón nuestra cita para darle un carácter de excepcionalidad, pero el experimento fracasó estrepitosamente. Estábamos tan obsesionados con la rigidez de mi pene que lo único que conseguimos tensar fueron todos los preámbulos. La cosa acabó por levantarse a la de tres, al cabo de un año del accidente, pero por ese entonces la pasión de nuestro matrimonio se había diluido entre los centenares de duelos que acumulábamos en nuestras espaldas. Bye, bye love. Bye, bye, happiness. Hello loneliness.



'Se acabó mi vida sexual' -pensé con resignación y culpabilidad. Mis aprendizajes juveniles en el terreno sexual concluían con rotundidad que mi capacidad de goce se localizaba en la zona genital. Así lo corroboraban tanto las millones de masturbaciones que practiqué en solitario durante mi adolescencia como las escasas ocasiones que utilicé la vagina femenina para provocarme los orgasmos. Mi placer, mi sexualidad y, por ende, mi masculinidad pendían de ese mástil retráctil que la naturaleza había colocado en mi entrepierna. Así lo decían las enseñanzas que recibí en la familia, en la escuela o en la iglesia. Los machos tenían que demostrar que lo eran mediante el uso indiscriminado y exclusivo de su aparato reproductor. Como ahora no podía apoyarme en él, toda mi autoestima y mi perspectiva vital se pusieron en entredicho. 'No hay pene. No hay sexo. No hay vida.' -concluí.


Al cabo de un año de separarme, mientras paseaba por mis barrios, conocí a Silvia, una mujer de mi edad que mostró un interés inusual en ir más allá de una conversación entre vecinos. La tosquedad del bagaje que ambos llevábamos acumulado tintó nuestros encuentros de prudencia y de castidad. La atracción era mutua y evidente, pero ninguno de los dos tenía prisa por entrar en ese terreno que, por sus reminiscencias traumáticas, se adivinaba más resbaladizo de lo habitual. Al final, el vino, el calor estival y, cómo no, el vigoroso quehacer de la naturaleza nos acompañaron hasta la cama. Aquí, hablo por mí, se produjo el primero de una serie de descubrimientos reveladores que he ido experimentando en el terreno de la sexualidad. 


De repente, me vi despojado de la urgencia y la necesidad de centrar mis iniciativas en los genitales y descubrí todo un universo de posibilidades que tenían el placer como denominador común. La piel, la boca, la palabra, el silencio, ... cualquier movimiento, gesto o zona corporal era susceptible de estimular nuestra lívido. Fue tan contundente el impacto de la experiencia, tan profunda la calidad del goce que tardamos varios días en reaccionar. La segunda vez, menos etílica que la primera, fue diez, cien, mil veces más extasiante. Nos faltaban manos para llegar a cada uno de los recovecos que pedían a gritos una caricia. Nos sobraban razones para dejar nuestros genitales en un segundo plano. Y aún así, por sorprendente que pareciera, los orgasmos hacían acto de presencia. En el cuerpo de Silvia se manifestaban con temblores vaginales que repartían la excitación por toda su anatomía a modo de terremotos. En el mío, con momentos de éxtasis integral en los que el cerebro cedía el timón de mi voluntad y mi cordura al placer.


Como digo, la sorpresa que me llevé fue mayúscula. El sexo se había deslocalizado, diseminado, multiplicado. El placer podía surgir en cualquier parte y en cualquier momento. En la comisura de mi labio. En la muñeca de Silvia. En el relato de un cuento. En una mirada longeva. En un pensamiento intencionado. En el recuerdo de lo vivido. El sexo adquirió una nueva dimensión, menos genital, más holística. Menos física, más emocional. Menos instintiva, más consciente. 


Con los años he explorado este tipo de sexualidad con resultados tanto o más revolucionarios que los que descubrí durante mi primera cita con Silvia. Y ninguno de ellos tiene el pene como protagonista. Es más, a día de hoy puedo constatar que, gracias a la desconexión que la lesión provocó entre mi pene y mi fuente de placer sexual, he alcanzado cotas de éxtasis sublimes, que, probablemente, no hubiera conseguido de haber mantenido el binomio sexo-genitalidad.


La existencia de este nuevo paradigma sexual lo acabé de certificar la pasada primavera durante un encuentro que tuve con Amanda. Hacía meses que el cuerpo me pedía su compañía y con la llegada del buen tiempo conseguí la excusa perfecta para compartir un fin de semana frente al mar Mediterráneo. Llegué al hotel con veinte minutos de retraso. Paré el motor del coche para avisarle que ya estaba allí. Antes de empezar a marcar el número, levanté la vista y la vi al final de la calle, avanzando en dirección hacia mí. Amanda pisaba su estrenada delgadez con toda la coquetería que malea un buen par de tacones y un vestido negro recortado a la altura del muslo. Guapa es poco, Amanda estaba radiante. turbadoramente provocadora.


También estaba muy agitada, como pocas veces en el pasado. Durante el almuerzo, fue incapaz de ligar tres palabras seguidas. Se iba a la luna, se quedaba muda. Sus nervios sólo le dejaban holgura para catar un par de bocados y para mirarme a través de las gafas de sol. A mí también me costaba construir las frases. Los diálogos no fluían. Sin embargo, nuestras bocas estaban más abiertas y vehementes que nunca. '¡Qué fuerte!' -repetíamos de vez en cuando. La energía que nos envolvió el primer día había hecho su aparición estelar. Podía sentirlo en mi estómago. Podía verlo en la tibieza de sus labios. 


En la habitación, las palabras seguían en huelga, pero nuestra conexión trabajaba a destajo. Después de acostarme, Amanda se desnudó. La noté extremadamente sensible. Tenía el cuerpo descontrolado. Por eso, cuando se estiró a mi lado, en lugar de tocarla con las manos preferí acariciarla con la mirada. Ella respondió a la invitación con agrado. Empezamos a respirarnos sin dejar de atravesarnos con la vista. Amanda se había recogido el pelo e irradiaba una belleza inexplicable, celestial. Sus ojos… sus ojos lo decían todo. 'Por favor -me suplicaban sin estridencias-, no pares, por favor'. Y no paré, evidentemente. ¿Cómo iba a parar si estaba tocando la gloria? ¿Cómo iba a parar si acababa de entrar en el paraíso? Cuanto más profunda era la mirada, más real era la sensación física de que la estaba penetrando. Seguí respirando cerca de su nariz, sintiendo todas las convulsiones que nacían en su entrepierna y se expandían por su cuerpo, por el mío y por todo el universo. El cuerpo de Amanda era un manojo de contracciones vaginales que no tenían un origen ni tenían fin. Su vientre estaba dando luz a una energía ancestral que conectaba con la primera energía creadora. 


A partir de un determinado momento, aún sin tocarnos, entramos en un estado catártico. Los orgasmos de Amanda se encadenaban uno detrás de otro y sacudían nuestros cuerpos desde los pies hasta la nuca. Era tan salvaje el descontrol, que zarandeábamos nuestras cabezas, gritando como animales enloquecidos. Mi cuerpo botaba sobre la sábana como un percusor. Podía sentir la energía cómo circulaba a lo largo de mis piernas. Estaba descompuesto. La última vez que la miré antes de desmayarme tenía los ojos en blanco y la cara a punto de estallar de felicidad. Estábamos en trance, unidos a través de la energía cósmica. El nirvana. El Amor. El Uno. El Todo.




Vídeo: Francesc Granja, su testimonio en imágenes.



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