17 enero 2012

"Sexualidad y minusvalía: precio, aprecios, desprecios y menosprecios sexuales".

           Foto cedida por Xisca Febrer Mayol




Fuente: "LA ERÓTICA DEL ENCUENTRO
COCEMFE-ASTURIAS. España. 2003
Por: JOSÉ RAMÓN LANDARROITAJAUREGI.
Co-director del Centro de Atención a la pareja “Biko Arloak” Bilbao

     










Trampas del lenguaje
Tendemos a creer que detrás de cada palabra que decimos hay alguna cosa: alguna realidad que corresponde con lo que la tal palabra nombra. Sin embargo, el lenguaje está lleno de miles de trampas que rompen cualquier continuidad entre lo nombrado y el nombre que lo designa. Tal ocurre con el término “persona con minusvalía física”.

Desde luego -y esto quiero subrayarlo bien pronto y bien claro- no hay prácticamente ningún elemento de comunalidad entre las personas definidas por esta categoría. Es cierto que pueden encontrarse, si se buscan, algunos rasgos comunes en su relación con este mundo imperfecto que hemos creado (por ejemplo su segregación laboral o sus dificultades de integración), pero desde luego no es posible encontrar ninguna comunalidad sexual. Por lo menos ninguna que les distinga del resto de los humanos que se tienen -o los tenemos- por “más válidos”.

Es evidente que alguien que “camina” en silla de ruedas tiene particularidades (limitaciones, pero también posibilidades) diferentes que alguien que camina sobre dos piernas. Pero también un zurdo las tiene respecto de un diestro; un gordo, respecto de un flaco; un feo, respecto a un guapo; un salado, respecto a un soso; alguien con la voz nasal respecto a alguien con la voz gutural; un bizco, respecto a un miope; un tuerto, respecto a un tartamudo; un zambo, respecto a alguien con los pies patos; o un manco respecto a un cojo.

El asunto es que cada cual con sus limitaciones; pero también con sus recursos y habilidades, va por la vida y vive su sexualidad como mejor puede, sabe y quiere. Y detrás de esta etiqueta “persona con minusvalía física” hay tantas diversidades sexuadas, sexuales y eróticas como las que encontraríamos si hubiésemos simplificado la etiqueta a su primer sustantivo.

Por cierto, otra trampa del lenguaje. En castellano usamos el mismo verbo (sentir) para referirnos a las sensaciones y a los sentimientos. Curiosamente el latín, que es el idioma original del cual el castellano procede, sí distinguía el verbo que hacía referencia a cada uno de éstos. En concreto diferenciaba entre sensare y sentire. Así, aunque parece que, por ejemplo, alguien con una lesión medular no siente determinadas partes de su cuerpo; sin embargo, sí las siente. Quizás no las “sense”, pero las siente. Quiero decir que quizás no sienta sensaciones, pero sí siente sentimientos.

Muchas minusvalías físicas producen limitaciones o incompetencias sensoriales; pero -que yo sepa- no producen incompetencias sentimentales.




Alterando el precio de las cosas 
Dice una frase muy socorrida “todo el mundo tiene un precio”. No estoy muy seguro de ello (menos en el contexto que suele decirse; esto es, en relación a comprar y vender conciencias). Lo que sí afirmo es que todos (nos) merecemos un aprecio, sufrimos con el menosprecio y nos morimos (y también matamos) con las balas del desprecio.

Con frecuencia -otra trampa del lenguaje- confundimos precio con valor. Así que no solo ponemos precio apreciando o menospreciando; sino que también ponemos valor valorando, desvalorizando o minusvalorando.

Con frecuencia la minusvalía, como la minusvaloración o el menosprecio, no es sino una alteración del precio (o del valor) real de las personas. A menudo estas alteraciones perversas del mercado provienen de agentes externos. Pero, lo que es peor, a veces vienen de dentro. Con frecuencia desde tan dentro que son menosprecios intestinos de alguien que lucha contra sí mismo; sin que los demás participen ni para bien, ni para mal en esta guerra.

Así, un minusválido puede llegar a menospreciarse y a desvalorizarse tanto a sí mismo que se convierte -en su propio sistema de valor- en harapo depreciado y despreciable. Lo peor de esto es que, quien así actúa, suele lograrlo: alterar, a la baja, el valor (o el precio) real de sí mismo.



La silla ¿en el culo o en la cabeza?
Hay frases impactantes que a uno le impresionan de por vida marcándole con huella indeleble. Traigo aquí una de ellas. 
Corría el año 1990, cursaba yo en Salamanca el Doctorado en Sexología y daba mis primeros pasos profesionales como sexólogo. Impartíamos allí un curso sobre Sexualidad en el Centro de Rehabilitación de Minusválidos Físcos (CRMF). Era nuestra primera experiencia en este sector y teníamos la ilusión, el empeño, la entrega y la bisoñería de los principios. Fue entonces cuando escuché esta frase por vez primera en los labios de un chico con una lesión medular. Posteriormente -la misma frase con alguna pequeña variación- la he vuelto a escuchar en bastantes ocasiones y en diferentes lugares, pero siempre dentro del mundillo de las personas con lesiones medulares. Así que -supongo- es ya frase extendida y conocida. Decía aquel chico: “yo tengo la silla (de ruedas) en el culo; no en la cabeza”.

Desde entonces me quedó meridianamente claro que no es lo mismo tener la silla de ruedas en el culo, que en la cabeza. Más aún que es muy mala suerte tener que llevarla bajo el culo, pero que aún es peor llevarla de por vida dentro de la cabeza. Nos va muy diferente en la vida, cada uno con su muy particular biografía, según donde llevemos las cosas y según qué cosas llevemos en nuestra mochila. Porque, efectivamente, hay muchas cosas que es mejor llevar en el culo; mientras que otras se llevan bastante mejor en la cabeza.

Pero, y así vamos entrando en materia, ... y el sexo ¿dónde llevar el sexo? Porque también el sexo, como la silla, puede llevarse en varios sitios; y no es lo mismo. Cada cual con su minusvalía -y las minusvalías, más o menos graves, más o menos tasadas, están muy repartidas-, lleva el sexo donde lo lleva. Donde puede, donde sabe, donde quiere. Pero las consecuencias de este llevar son muy diferentes dependiendo del lugar en el que son llevadas. Ahora bien, lo llevamos donde lo llevamos en razón de cómo lo definimos y de qué tenemos en la cabeza cuando decimos sexo. Porque, ¿qué es el sexo?



El mito del sexo y el sexo del mito
Vamos a darnos un breve paseo por la mítica griega para entender siquiera un poco de este término que es latino: sexo. Para ello recurriremos al mito del Andrógino.
Fue Platón quien hace más de dos milenios nos lo brindó en uno de sus “Diálogos” titulado “El Banquete”. Allí es Aristófanes quien nos relata las características de este mítico antepasado humano que tenía un cuerpo esférico y estaba dotado de dos juegos de cabezas, de piernas, de brazos y de genitales.

Este protohumano originario resultaba al parecer tan poderoso y soberbio que finalmente desató la ira de Zeus quien, rayo mediante, procedió a su separación en dos mitades por la línea de la espalda. Desde entonces cada mitad desgajada paga el precio de aquel castigo divino a través de una permanente y necesaria búsqueda de “su otro” complementario.
De aquellos lodos, vinieron estos barros. Así, aún hoy hablamos del mito de la “media naranja”, que no es sino la versión popular de aquel mito platónico.

Según este relato mítico, en tanto que sexuados, somos hijos de un castigo divino en forma de rayo que: por un lado nos separa (nos hace diferentes) y por otro propicia que nos busquemos (nos atraigamos, nos deseemos, nos amemos). Y éstos son los dos territorios conceptuales que la raíz sex nos trae: la diferencia y el encuentro. Luego es sexo la diferencia (la diferenciación, la diversidad, la fisión, la discriminación, etc.) y es sexo el encuentro (la búsqueda, el anhelo de lo otro, la fusión, la comunión, etc.).

Hablemos un momento del sexo en tanto que diferencia. Es sexo lo que distingue a los machos de las hembras y a las hembras de los machos. Y también es sexo el resultado de las tales diferencias que produce dos categorías (los sexos; esto es: los machos y las hembras) en casi todos los seres vivos (incluidos nosotros). La Sexología es precisamente la ciencia que estudia los sexos en tanto que diferentes y el sexo en tanto que agente diferenciador.

Ahora bien, en estos veinticinco siglos que median entre la civilización que creó el mito del Andrógino y la nuestra, el término sexo ha ido cambiando su originario sentido. Así, y puesto que el referente era el hombre y lo masculino, y “lo distinto” era la mujer y lo femenino, durante mucho tiempo -todo el medioevo- el término “sexo” fue usado como sinónimo de “mujer” (a quien le parezca anacronismo puede sorprenderse de algo muy similar que ocurre hoy con el neologismo “género”).

Por otro lado, en tanto que durante mucho tiempo se creyó que lo que distinguía a los machos de las hembras eran, precisamente, los genitales, se asoció el sexo a esta zona anatómica. De este modo, durante mucho tiempo el término “sexo” fue sinónimo de “genitales”. Todavía hoy muchos lo entienden así.
Y ya llegados al siglo XX, se asoció este término (sexo) a los gestos -las acciones, las conductas- que con esta parte de nuestro cuerpo (los genitales) podemos llevar a cabo con unos u otros propósitos. Así hoy, para muchos, “sexo” es lo que con los genitales hacemos; o sea, sexo es sinónimo de conducta genital.

Con todo esto cada quien lleva el sexo según lo que tenga por sexo. Si tiene por sexo la condición femenina (o masculina) lo llevará en un sitio diferente que si tiene por sexo los genitales. O que si tiene por sexo lo que con los genitales pueda hacerse.

Ahora bien, el conocimiento científico que la Sexología moderna nos ha ido brindando a lo largo de este mismo siglo XX nos permite afirmar que: 
a) los hombres y las mujeres difieren en casi todo, excepto en los genitales, que son bastante similares;
b) que las tales diferencias que distinguen a hembras de machos están repartidas por toda nuestra geografía corporal (en cada célula, en la mayor parte de los sistemas y órganos; pero sobre todo, en el cerebro). De  forma que quien lleve su sexo sólo entre las piernas, se deja mucho sexo repartido por todos los rincones de su cuerpo.



Sexuación, sexualidad y erótica
Foto cedida por Xisca Febrer Mayol
Desde que en 1979 Efigenio Amezúa los diferenciase, en Sexología solemos manejar tres conceptos centrales y básicos. Estos son: sexuación, sexualidad y erótica.

Con el concepto “sexuación” hacemos referencia a los elementos estructurales y estructurantes que hacen que seamos machos o hembras. Por mejor decir: determinados modos de ser machos o determinados modos de ser hembras. La sexuación es fundamentalmente soporte biológico que sirve al propósito diferenciador. A través de la sexuación nos hacemos sexuados.

El concepto sexualidad hace referencia al modo de expresarse y a la vivencia subjetiva de esta condición sexuada. Así pues la sexualidad es la construcción subjetiva y personal de mi manera peculiar de ser el hombre o la mujer que, de hecho, soy. La sexualidad es fundamentalmente conciencia, significación y vivencia subjetiva de la condición sexuada. A través de ella nos hacemos sexuales y dotamos de significados a los hechos sexuados originarios.

Finalmente, el concepto erótica hace referencia a la expresión gestual de lo sexual. Por lo tanto a aquellas producciones, hechos, realizaciones, conductas e interacciones a través de las cuales vivimos y expresamos que somos sexuados y sexuales. La erótica es fundamentalmente acción. Más aún, es interacción con unos “otros” -reales o simbólicos- que son “distintos y diferentes” de mí. A través de ella nos hacemos eróticos.

En unos y otros casos hablamos de un proceso -una construcción biográfica- que trenza estos tres registros sexuales. De ahí que en Sexología sea tópica la utilización del adjetivo “bio-psico-social”, que nosotros preferimos decir “sexuado, sexual y erótico”.



Erre que erre con las tres erres
La sexualidad humana se caracteriza por poseer tres dimensiones diferentes pero íntimamente interrelacionadas entre sí. Estas tres dimensiones son: ldimensión relacional, la dimensión recreativa y la dimensión reproductiva.
No puede entenderse la sexualidad humana sin alguna de sus tres dimensiones.

Aunque durante mucho tiempo se nos ha tratado de presentar la sexualidad unidimensionalmente como sólo reproducción (o también, como sólo placer), lo cierto es que la sexualidad, como el lubricante o la Trinidad, es tres en uno.
Por supuesto que en determinados momentos podemos, por lo que sea, hacer prevalecer una sobre las otras dimensiones (incluso dos personas pueden ir al mismo sitio a por distintas cosas), pero la sexualidad humana no es desgajable
Como puede verse todas empiezan por erre. Por eso decimos “erre que erre, con las tres erres”.

La dimensión relacional hace referencia a todo aquello que la sexualidad tiene de interacción entre seres sexuados, de comunicación entre distintos, de encuentro con el otro (que es un no-yo), de expresión de afecto, de sentimientos, de emociones, de atracción, de dar y recibir, de compartirse, etc. Ésta ha sido tradicionalmente la dimensión de la sexualidad más silenciada a lo largo de la historia, y también la menos atendida, si bien no es menos importante que las otras dos.

La dimensión recreativa, engloba todo aquello que la sexualidad tiene de gratificante, de placentero, de fantasioso, de ilusionador, de reforzador, de divertido, La erótica del encuentro 
de gustoso y de juguetón. Y también de reglado, de simbólico y de orientado a un fin. Esta dimensión de la sexualidad, por cierto, ha sido campo de bastantes  batallas a lo largo de la historia, que han ido desde el intento de imposibilitarla o silenciarla, hasta la pretensión de considerarla como la esencia misma y exclusiva de la sexualidad. Herencia de esas viejas batallas conviven hoy dos principios en teoría antagónicos: lo que podríamos llamar la cruzada del antihedonismo y lo que nosotros denominamos la dictadura del orgasmo.

La dimensión reproductiva se refiere a todos los aspectos que la sexualidad tiene de hecho conceptivo o procreativo (que no reproductivo); esto es, la dimensión de ser padres, de tener los hijos que se deseen, en los momentos que se consideren oportunos y por decisión responsable y compartida.



Conducta erótica
Ya hemos dicho más arriba que la erótica hace referencia a los gestos, las conductas y las interacciones que los seres sexuados y sexuales llevan a cabo precisamente por serlo. La seducción, el cortejo, un beso, un guiño, una caricia, un streeptease, una felación, una estimulación anal, un coito o una masturbación son hechos eróticos.
Ahora bien, cada uno de estos hechos no ocurren en el vacío, sino en un contexto sexual que los dota de sentido. Vamos a explicarlo mínimamente y para ello vamos a presentar un esquema simplificado a seis hechos que son:
 1. Biografía sexual.
 2. Deseo. 
 3. Excitación. 
 4. Orgasmo. 
 5. Satisfacción. 
 6. Evaluación subjetiva.

Más o menos el esquema puede explicarse del siguiente modo:

La Biografía sexual incluye cinco apartados que se han descrito como: a) proceso de sexuación, b) evolución de la sexualidad, c) biografía erótica, d) experiencia amatoria y e) socialización sexual.
El proceso de sexuación se inicia desde el momento mismo de la concepción. Esto es, cuando el espermatozoide de nuestro padre dejó su carga genética en el óvulo de nuestra madre. Ya en ese primer instante se determinó nuestro sexo genético (dependiendo de que aquel espermatozoide fuese X ó Y).
Semanas después se generó una gónada indiferenciada que, dependiendo de determinados factores activadores, se convirtió en una gónada masculina o femenina (ovarios o testículos), gestándose nuestro sexo gonadal. Con el correr del tiempo y el avanzar del embarazo de nuestra madre, esta gónada empezó a secretar hormonas (estrógenos o testosterona), dando lugar a lo que conocemos como sexo endocrino. Estas hormonas circulando a través de la sangre fueron configurando en una u otra dirección nuestros genitales externos e internos (sexo genital) y nuestra configuración neurológica (sexo cerebral).
En el caso femenino, se empezaron a gestar los primigenios gametos (la primera fase de la producción de óvulos se realiza fetalmente y se almacenan de por vida).
En el caso masculino esta función gamética no comenzará hasta la pubertad.

Y por fin un día -precisamente el de nuestro cumpleaños- vimos la luz y, tras minucioso examen de entrepiernas, nos clasificaron como niño o como niña (sexo de asignación). Nos pusieron un nombre sexuado y nos registraron legalmente en calidad de lo uno o de lo otro. A partir de ahí nos criaron y educaron en razón de esto (sexo de crianza).

Desde muy pronto comenzamos el proceso circular por el cual, como somos de un sexo se espera algo de nosotros, y como se espera algo nos vamos haciendo de eso (o a veces nos rebelamos).
Con el correr del tiempo -estamos aún en la infancia-, iniciamos el proceso de investigación corporal. Tanto de nuestro propio cuerpo, como del cuerpo de los otros que se dejan explorar (entre los cuales hay adultos que pueden -o no- ser intrusivos con la sexualidad infantil). Con éstas y otras cosas fuimos identificándonos con gente -en positivo o en negativo-, precisamente porque también ellos eran de lo uno o de lo otro (hombres o mujeres) y nos empezamos a clasificar a nosotros mismos (identidad sexual) con esta etiqueta identitaria. A partir de aquí, aprendimos unos u otros papeles (roles sexuales) que tenían que ver con todo esto y nos fuimos socializando en esto del sexo (y también en las cosas, más o menos prohibidas, mas o menos excitantes, de la erótica).

Años más tarde, llegados a una edad, nuestro cuerpo y nuestra mente entraron en una revolución de origen hormonal que llaman pubertad: empezamos a sentir emociones y sensaciones hasta entonces desconocidas (sino en su naturaleza; sí en su intensidad). Nos sentimos potentemente atraídos por algunos “alguienes” que a su vez son de uno u otro sexo (orientación del deseo); y empezamos a experimentar el deseo que es una cosa que te empuja hacia alguien, aunque no tanto como otra que es más intensa y bastante más invasiva y movilizadora y que le llaman enamoramiento.

En los chicos las erecciones se tornan hiperpresentes y comienza el “reglo” (sic) que es como en bromas llamamos a las primeras eyaculaciones voluntarias o involuntarias. Empiezan a salir pelos en la cara, en el cuerpo, en los genitales, en las axilas; cambia la voz, la mente, los intereses, los valores...

En las chicas comienza el ciclo menstrual con un acontecimiento siempre inesperado (menarquia) al que se siguen un montón de cambios corporales y psíquicos, alguno de los cuales tiene que ver con que las grasas empiezan a guardarse siempre en los mismos sitios, produciendo que nos miren y nos miremos distinto de cómo había sido hasta ahora.

En unas y otros, comienzan las primeras actividades explícita y declaradamente aloeróticas (esto es, con otros; aunque también con uno/a mismo/a); la fantasía se dispara y entramos en la “competición” (hasta dónde y cómo) y en el “parquet eróticobursátil” (cuánto valen mis acciones y cómo puedo hacer para que mejoren).

Con toda esta “mochila” a la espalda, y sus consiguientes correlatos evaluativos se inician las primeras experiencias eróticas. Al decir correlatos evaluativos quiero decir: qué ideas, qué actitudes, etc. tengo; y en virtud de todo ello cómo me evalúo (a mí, cómo soy y cómo me ven, cómo es mi cuerpo y cómo mis emociones, etc.).


 En estas primeras experiencias eróticas, siento una especie de picazón psíquica (2. Deseo). Este deseo erótico lo es de un alguien y/o de un algo; esto es, de besar a éste, de tocar las tetas a aquélla, de que aquélla se fije en mí, etc; y, según cómo evalúe esto que me pasa, me voy metiendo en situaciones en las cuales me voy excitando (3. Excitación) cada vez más hasta el punto de que en ocasiones me encuentro (muchas veces porque lo estaba buscando)con una sensación intensa, extensa, efímera e indescriptible (4. Orgasmo)que desencadena una liberación masiva de oxitocina y de dopamina en elcerebro. Tras la cual me quedo con una sesación laxa y gozosa de relajacióny bienestar (5. Satisfacción) que me hace sentirme no sólo bien ahora mismo, sino que se extiende en el tiempo en lo que podría llamar como estar “existencialmente” satisfecho.

Con todo esto se va haciendo mi biografía erótica, voy desarrollando mi técnica amatoria, me redefino en mi sexualidad (mi ser hombre o mujer y lo que esto signifique) y me reelaboro y me reconstruyo en mi proceso de socialización sexual. Y todo esto, entendido como un proceso circular cuyo principio y fin se van difuminando, propiciará que siga en adelante el circuito. O que se corte, porque lo mismo que ha ido bien, puede ir fatal y, claro, no es lo mismo.

La concatenación de estos momentos del proceso viene en gran medida determinado por un filtro intermediador (6. "Evaluación subjetiva") que promociona o inhibe tanto en el nivel consciente de conductas, como en el nivel inconsciente de procesos intrapsíquicos y en el nivel biofisiológico cada uno de los momentos del hecho erótico (el deseo, la excitación, el orgasmo y la satisfacción).

En rigor, lo que llamamos “evaluación subjetiva” suele tener un papel más inhibidor que activador. Es, de hecho, responsable de muchas de nuestras “desactivaciones” eróticas (conscientes o no, deseadas o no). Y esto porque los propios mecanismos fisiológicos de la conducta erótica, una vez activados tienden a retroalimentarse (por ejemplo la vasocongestión característica de la excitación incrementa el aflujo sanguíneo a los genitales y a la piel, lo que provoca una mayor excitabilidad de estas zonas, lo cual facilita las condiciones para que se 
mantenga o se incremente la excitación).

La evaluación subjetiva no sólo es un proceso cognitivo (“conciencia de sí” en el sentido más intelectivo y consciente del término), sino que -al igual que los demás elementos del esquema- en ella están imbricados aspectos de naturaleza biológica (sobre todo bioquímicos). Por decirlo con una imagen, no sólo evalúo con mi cabeza pensante, sino también con mi cabeza y mi cuerpo “sintiente” (sentimientos) y con mi cabeza y mi cuerpo “sensante” (sensaciones). Esto es, evalúo por debajo -y por encima- de mi propia capacidad de “evaluar”.

Un ejemplo puede servir para explicar mejor todo esto. Imaginemos una chica que hace el amor con su pareja en un coche a la orilla de un camino poco transitado. Cada vez que se escucha el motor de un coche acercándose, se activa una especie de alerta que activa la esteroceptividad decrementando la propioceptividad (esto es, se activan los sentidos -sobre todo vista y oído que informan de lo que se mueve fuera del coche; y por lo tanto se produce un cambio del foco de atención sensorial desde dentro -de sí misma y del coche, que es su escenario erótico- hacia fuera donde está la fuente disruptiva). Los resultantes de esta evaluación (incomodidad, peligro, invasión, etc.)

que este estímulo produce pueden inhibir -o incluso desactivar totalmentetodo el proceso de activación erótica tanto en sus aspectos psíquicos como fisiológicos. Y estos mismos “desajustes” eróticos pueden producirle una sensación de incomodidad, de malestar, que incrementan la tal desactivación.

En este caso, la posibilidad de ser descubierta (atacada, invadida, descubierta, etc) le inhibe e impide continuar. Bien es cierto que si su grado de excitación es muy elevado, ni siquiera escucharía ese mismo motor. Incluso si sonase un bocinazo en el momento mismo del orgasmo no lo podría escuchar, porque somos totalmente sordos durante los 0,8 segundos que viene a durar el orgasmo.

Por el contrario otra chica en las mismas y exactas circunstancias podría evaluar la posibilidad de ser descubierta como un estímulo que incrementa aún más su activación erótica.
Y es que en esto, como todo lo que tiene que ver con el universo de la erótica, lo peculiar es precisamente la diversidad.


Botellas medio llenas y botellas medio vacías
Evidentemente alguien aquejado por una tara, una discapacidad, una incapacidad y/o una minusvalía tiene problemas. Los tiene en todos los campos y también en el terreno erótico. Pero también tiene soluciones. Tiene limitaciones, pero también tiene posibilidades. Tiene dificultades, pero también tiene oportunidades. Tiene obstáculos, pero también tiene recursos.

Ahora bien, si uno se define por lo que no tiene, por lo que le falta o por lo que no puede, se convierte a sí mismo en una “botella medio vacía”. Y al contrario, si uno se define por lo que sí tiene o por lo que sí puede, se convierte a sí mismo en una “botella medio llena”.

Al final parece que tanto el contenido, como el continente son lo mismo, pero no es lo mismo ser “botella medio vacía” que ser “botella medio llena”. Unos tienen la silla en la cabeza (lo cual es un problema), mientras que los otros tienen la silla en el culo (lo cual es un recurso que les permite la movilidad que sus piernas no tienen).

Con frecuencia, acabamos odiando lo que más debíamos de valorar: por ejemplo nuestro cuerpo. Con sus limitaciones, pero también con sus posibilidades. Así mismo cogemos manía a algunos de nuestros recursos (la sonda, la silla, la bolsa, la muleta, la grúa, etc). Si odiamos las herramientas que nos facilitan la vida y la más valiosa de ellas (el cuerpo), difícilmente podremos gozar, sentir y vivir las posibilidades de nuestra sexualidad. Quien se define por lo que no puede, no dedica sus energías a disfrutar, vivir y sentir aquello que sí puede.

Aquél que ya no tiene erecciones sigue excitándose (incluso le encanta ver cómo le lamen ese pene -insensible a las sensaciones- que sí siente sentimientos). Y aquella que no siente sensaciones en las piernas, sí que las siente en sus senos, sus axilas o sus labios. Y este otro que supuso que nunca más volvería a penetrar a su chica, descubrió las inyecciones intracavernosas y está encantado porque su pene se mantiene erecto más tiempo que nunca. Y esa otra ha descubierto un truco para ser penetrada sin quitarse la sonda. Y aquel otro, parapléjico él, descubrió las posibilidades de poner el arnés de su grúa a su chica (de preciosas y muy funcionales piernas) con motivos lúbrico-festivos. Y el que se asustó tanto porque tuvo un intenso dolor de cabeza en su primera eyaculación (tras siete años de “parón genital” autoimpuesto), se toma de vez en cuando un antimigrañoso y está tratando de embarazar a su chica mediante el “sistema tradicional”. 
Y esta pareja ha descubierto que la cama con mando a distancia tiene muchas más posibilidades que las que aparecían en el catálogo. Y estos dos, aunque parezca increíble, están exultantes por su embarazo de seis meses. Y esa mujer de los grandes pechos se ha reconciliado por fin con su condición femenina y la reivindica incluso en su vestir atrevido y escotado. Y aquel otro sonríe pícaro cuando la enfermera que le pone la sonda se persigna -entre maravillada, asombrada, acomplejada y asustada- por el tamaño de su miembro flácido. Y ése se masturba porque, aunque no siente con su pene la mano, si siente con su mano el pene. Y aquella otra deja sus muletas apoyadas en la cama y no corre las cortinas cuando se cambia la ropa interior porque sabe que el simpático viejecito del cuarto retiene con venerable admiración la imagen de sus pechos en sus envejecidas retinas. Y este joven adolescente bromea desde la silla con sus colegas bípedos porque su perspectiva visual de los movimientos glúteos de esa hermosa y cimbreante muchacha es la envidia de todos.

Todos ellos, cada uno de ellos, no son menos válidos que nadie. Saben que no tienen lo que no tienen, pero eso no les impide disfrutar de lo que sí tienen. Porque no se definen por lo que les falta, sino por lo que son. Y descubren sus límites, como los demás, experimentándolos.


Enlaces:
.‎"Una doctora rompe el mito de ausencia de placer sexual en las mujeres con daño medular"



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