21 septiembre 2013

"Mi pene encorvado y mi fantasía sexual discapacitada"

Fuente: Hoja blanca

¿Por qué desear a personas “discapacitadas” o trans es considerado únicamente como un fetiche? Políticas del placer hoy en Clítoris anal.

[…] el sexo es un asunto profundamente social. El placer sexual es algo a lo que todo el mundo debería tener acceso sin prejuicios ni cortapisas. Hay que incentivar la cultura de la promiscuidad, el intercambio de parejas, las parejas múltiples… AAGHY!.. Reconocer el deseo como el principal motor de una sociedad mejor. Cuando una desea a alguien normalmente, no quiere que le suceda nada malo, es decir, te solidarizas con él… a no ser que te rechace, ¡claro! Creo que es un tema muy interesante e inexplorado hasta ahora, especialmente desde el punto de vista femenino, político… y de derechas […]

¡NO HAY NADA MÁS DEMOCRÁTICO QUE EL PLACER! (http://www.youtube.com/watch?v=AloRXvTleZo)



¿Quién me desea?, ¿debería ser deseado/a? Cuando me miro a un espejo desnudo, sin maquillaje y sin peluca, veo un langaruto, barrigón y con la verga torcida y no muy grande (pero lo muevo rico). Cuando me miro con peluca soy tetiplana, culiplana y peluda en las axilas y barriga. En la típica escena de quinceañera, me cojo el banano y pienso “voy a empezar a hacer deporte”. Lo anterior demuestra una especie de inconformidad con mi cuerpo por no parecerme al ideal de hombre gay musculoso y fornido, ni a una mujer tetona, culona y con rasgos finos en la cara.

Por alguna razón, cuando me miro al espejo (hablo en primera persona pero no creo ser el/la único/única a la/al que le pasa) me comparo con un cuerpo “normal”, de acuerdo a las expectativas sociales que tenemos de los cuerpos: dos brazos, dos piernas, dos ojos, una nariz, cabello liso y sedoso, cejas, abdominales marcados, bíceps musculosos, nalgas duras, etcétera. Un cuerpo vestido con ropa de marca o tatuajes en inglés o cualquier otra señal que indique el estrato. Una verga recta, dura, gruesa y larga (depiladito, ¡eso sí!). Siento miedos e inseguridades de no ser como se debería, de no ser deseado, de que no se lo quieran comer a uno/a.

Cuando uno desea un cuerpo diferente a esa normatividad, uno siente culpabilidad y vergüenza, o se siente parte de una secta con fetiches raros. Hace un año más o menos acudí a una brigada jurídica para personas con diversidad funcional* y sus familias. Uno de los adolescentes habló acerca de sus derechos sexuales y reproductivos. El joven tenía una discapacidad cognitiva y se refería a su derecho “a tener la puerta cerrada” y creo que tenía entre 17 y 19 años. Además, tenía unos labios carnosos y me encantaba verlo hablando con tanta seguridad acerca de su sexualidad. De repente, empecé a fantasearlo sexualmente y me di cuenta que este joven me gustaba, o bueno no nos digamos mentiras, me excitaba.Pero también ocurre a la inversa, es decir, rara vez fantaseo con personas de cuerpos diferentes a ese mito photoshopeado, estereoideizado y moldeado en gimnasios. Siento que nuestro placer también está filtrado por medios de comunicación, construcciones sexistas de los cuerpos y una especie de indeseabilidad de la anormalidad en el sexo (solo hombres musculosos con bóxers de marca, mujeres con vagina, tetonas, culonas y flacas, etcétera, reproduciéndose). ¿Por qué no hay actrices porno famosas con síndrome de Down? ¿Será que social y culturalmente el mensaje es que no queremos su reproducción y que las personas con diversidad funcional son indeseables?

Me imaginaba besándolo, mamándole la verga y el culo, poniéndolo y poniéndome en cuatro. Bailando reggaetón muy pegados y él lamiéndome la oreja, insinuándome cosas. Cogiéndome desprevenido de una nalga y robándome un beso, con mucha lengua. Devorándonos, sudando. Metiéndonosla, él jalándome suavemente el pelo… en fin. Es que aún lo recuerdo, ¡qué delicia!

Cada vez que fantaseaba con eso, bloqueaba mi mente y me decía “¡no puede pensar eso, es un niño!”. Mi abogado interno me decía “¿por qué, si es mayor de 14 años y legalmente no hay inconveniente?” y yo mismo contra-argumentaba: “sí, pero es un discapacitado, ¡no sea aprovechado!”. Lo curioso era que durante el encuentro también se hablaba de derechos sexuales y reproductivos de personas con diversidad funcional, pero mi chip de manizaleño godo recalcitrante no me dejaba en paz. ¿Por qué sentía vergüenza y culpa al desear una persona con diversidad funcional? ¿Por qué no debía imaginármelo en escenas sexuales? ¿Por qué presumía la falta de capacidad para consentir en una relación sexual de forma libre y autónoma?

También me ocurrió algo parecido en mi cumpleaños (cumplí el 5 de agosto y me encantan los regalos caros), cuando tres hombres trans me bailaban muy amacizado y me excité. Como soy algo avión/a me puse a pensar qué pasaba si me los llevaba a mi cama y me ponía nervioso al pensar qué pasaría cuando nos quitáramos la ropa. Por algún motivo la idea católica de sexo y acto sexual, en donde sin penetración ni eyaculación no hubo sexo, me nublaba la imaginación y no me dejaba desear libremente. Me preguntaba: ¿qué haríamos empelotos? Si tenían pene, ¿querrían penetrarme? Si tenían vagina, ¿querrían ser penetrados vaginal o analmente por mí? ¿Querrían penetrarme con sus dedos o con un dildo? ¿Por qué tenía que haber penetración?

Cualquier deseo que se escape de esas ficciones de un cuerpo sin discapacidad y en donde se incluyan personas que se salen de los parámetros tradicionales (como las personas trans y las personas con diversidad funcional) es un fetiche o hay que buscarle una explicación adicional. Últimamente, he oído hablar del sexo con mujeres travestis y ha sido común encontrar un discurso explicativo y justificador. Una explicación común, que se presenta como científica, es que los hombres acuden a las mujeres trans porque son hombres que no han aceptado su homosexualidad y prefieren ser penetrados analmente por figuras femeninas, o que son heterosexuales pero no aceptan a cabalidad el placer anal porque implica una emasculación simbólica. De forma similar, se habla del sexo con personas con diversidad funcional como una actividad transgresora, revolucionaria, fuera de lo común. ¿Por qué es tan difícil pensar que el sexo con personas trans o personas con diversidad funcional es rico y punto? ¿Por qué hay que justificarlo y enmarcarlo en una especie de fetiche? ¿Por qué cuándo tienen sexo un hombre con pene y una mujer con vagina, sin discapacidad, no lo cuestionamos sino que lo entendemos como algo dado? ¿Por qué me sentía como un depravado por desear a alguien con diversidad funcional y no le coqueteaba?

En mi culpa por desear a personas con diversidad funcional, me di cuenta que estaba reproduciendo uno de los prejuicios más frecuentes, es decir, la infantilización de las personas con diversidad funcional. Presumía que una persona con discapacidad no podía decidir si quería acostarse conmigo si se lo proponía. Asimismo, sentía que mi miedo a imaginarme sexo con hombres trans era una forma de exotización, de verlos como bichos raros. ¿Por qué no preguntarles directamente qué les gusta hacer cuando están desnudos?

Cada vez aumenta mi creencia en la idea de que la relación entre el placer y la opresión es más cercana de lo que creemos. Las personas oprimidas siempre son caricaturizadas, son objetos de deseo en el marco de un fetiche, antes que sujetos que desean. Las personas oprimidas no son imaginadas en un ámbito de placer. Las personas con discapacidad son agresoras sexuales o no saben qué es o no les gusta el sexo. Las mujeres son vírgenes o son perras nínfomanas. Los gays son pedófilos o son promiscuos. El sexo entre mujeres es inane (a lo Gerlein). Todas las travestis son putas. Deberíamos imaginarnos a las personas como sujetos que desean. Deberíamos empezar a pensar por qué únicamente deseamos cierto tipo de cuerpos. En definitiva, deberíamos entender el placer como un tema político.

* Existen debates acerca de la forma en la que debe referirse a las personas con discapacidad. Antes, se les consideraba discapacitados, pero después de la Convención de Derechos de Personas con Discapacidad se revolucionó el concepto. Ahora la discapacidad no se entiende como una característica de la persona, sino que esta surge de su relación con el ambiente. Es decir, la discapacidad la genera la falta de accesibilidad del entorno. Por poner un ejemplo, si todos los edificios y construcciones incluyeran rampas, las personas en silla de ruedas no tendrían una discapacidad física en estos lugares.El reconocimiento de la autonomía sexual en las personas implica un reconocimiento de la ciudadanía, implica entender que en eso todos y todas somos iguales, todos queremos placer y yo, por lo menos, quiero sentirme incluido/a dentro de las fantasías sexuales de nuestra sociedad y cultura. Quiero tener derecho a sentir placer de forma libre y espontánea. Como dice la concejala antrópofaga: ¡No hay nada más democrático que el placer!

Yo prefiero el término de “diversidad funcional” porque es más incluyente con otro tipo de cuerpos que no cumplen con ciertas expectativas para considerarse normales, implica un posicionamiento político en contra de la academia médica y contra el modelo capitalista de medir la (dis)capacidad de acuerdo a la capacidad laboral. Además, ubica el debate por fuera de la capacidad o falta de capacidad para centrar la discusión en la diversidad de formas y cuerpos.

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