26 mayo 2014

"Amor con barreras"

Por Dolores Curia
Fuente Página/12. Suplemento SOY
25 de abril de 2014

Se suele considerar a las personas con diversidades funcionales como asexuados o hipersexuados, y en nombre de esto se avasallan derechos e intimidades. A su vez, en este panorama la diversidad sexual es un tema doblemente tabú. Por estos días se desarrollan unas jornadas para concientizar sobre las limitaciones de esta perspectiva y ofrecer herramientas para un cambio. Aquí, el punto de vista de personas que cuentan con una discapacidad y también con una voluntad de ampliar los horizontes.

El sexo de los ángeles

Los diferentes colectivos de personas con discapacidad siguen muy a un costado en materia de avances legislativos y también invisibilizados por una corrección política que carga a mucha gente diversa en la bolsa única de las capacidades especiales, lo que para Silvina Peirano (creadora del blog Mitología de la Sexualidad Especial, profesora de Educación especial y orientadora sexual en diversidad funcional) suena a frase de señalador: “Si te digo ‘vos para mí sos muy especial’, es una cosa, pero si te digo que ‘sos una chica especial’, te estoy diciendo otras cosas: todo lo tuyo es especial como sinónimo de anormal. Si tenés sexo, tenés sexo especial. Si desarrollaste una profesión exitosa, tu caso es conmovedor. ‘Especiales’ suena más cariñoso. Es una forma de nombrar aquello que nos es tan duro que es la falta. Hay que atreverse a nombrar. La ‘discapacidad’ minusvaliza pero no es en sí misma ni buena ni mala. Habría que discutir si es o no un rasgo de identidad”.

El gran mito es pensar en las personas con discapacidad como colectivo totalizador, como combo. No son ni varones ni mujeres. No tienen identidad de género ni orientación sexual. Lo resumen muy bien las puertas de los espacios públicos: está el baño de hombres, el de mujeres y el baño de la silla. Como muestra basta la voz de Valeria Paván, coordinadora del área de salud de la CHA: “Nos preguntamos cómo es posible que en estos 30 años no existan en nuestros registros casos de personas que se hayan acercado a la organización para consultas relacionadas con discapacidad y sexualidad, y discapacidad y salud. Esto habla de una gran invisibilidad”.

Parecería que a las personas con discapacidad sólo se les puede atribuir fragilidad y que oscilan entre dos polos: son asexuales, niñxs prefreudianxs sin sexo, como los ángeles, o hipersexualidadxs fuera de control. La sílaba dis y la infantilización vienen unidas. Las sexualidades de las personas con discapacidad, cuando se las reconocen, son improductivas, dependientes, y ellxs son no atractivos, ingenuos, vengativos, rencorosos. Los plus de la diferencia quedan escondidos detrás de la merma. “Como sociedad construimos seres discapacitados, con una condición de discapacidad que a todos nos viene bien. Siempre es el otro el que tiene una sexualidad incorrecta”, explica Víctor Pagano (profesor de Filosofía de la UBA e integrante de Antroposex): “Estamos muy influidos por la idea de que si no hay un pene erecto no hay sexualidad. Eso coloca al que hace la diferencia en el lugar de la normalidad. Siempre que se habla de educación sexual para la discapacidad se hace como si hubiera una sexualidad para aprender, que la persona debe desarrollar. Hasta no hace mucho la sexualidad en las personas con discapacidad no era un problema porque tampoco era un tema.” Quienes trabajan con estos temas siempre son héroes: “Si te casaste con alguien con discapacidad, sos muy sacrificado. Si sos docente con discapacidad, sos una buena persona, más esforzada que todos los demás, un héroe que lucha contra la adversidad”, agrega Silvina Peirano.

La eterna rehabilitación
El sexo parece un premio sólo para quienes alcanzan logros en una rehabilitación. Continúa Peirano: “La contracara de esto es entender a la persona con discapacidad como ser sexual desde el principio. La política sexual es repartir los permisos para el goce como un premio al buen ciudadano. ‘Demostraste responsabilidad y un esfuerzo para parecerte a todos los demás, bueno, ahora te permitimos disfrutar.’ De esta experiencia pueden dar cátedra las personas lgbt”. Peirano advierte que el modelo rehabilitador ya está presente en preguntas por parte de conductores de radio y televisión: ¿los discapacitados tienen sexualidad?, ¿qué consejos les darías a los padres? Silvina siempre contesta: “No queremos dar consejos. Pero si tuviera que hacerlo, les diría a los/las padres que primero laburen con su propia sexualidad, no tiene sentido que quieran enseñar algo de lo que carecen”.

Las personas con discapacidad se supone que no tienen una sexualidad genital. En el mejor de los casos les toca una de segunda marca. Afuera de la foto quedan las prácticas no coitales y no genitales. La sexualidad de primera es también la que tiene potencialidad reproductiva. Hoy la eugenesia nazi (“¿Para que van a tener sexo las personas con síndrome de Down si es mejor que no se reproduzcan?”), a veces, acompañada de benevolencia (“Pienso en su bien, ¿cómo van a hacer para cuidarlos?”) disimula sus expresiones más bestiales pero reaparece en forma de ligadura de trompas y suministro de anticonceptivos sin consentimiento de la persona involucrada. Para Silvina se sigue sustentando la idea de que “no van a aprender a cuidarse, así que, por su bien, mejor cortar por lo sano”.

Perspectivas y polémicas
¿Cuáles son los nuevos modelos desde donde pensar la discapacidad?
–El modelo social sostiene que los impedimentos no están dados por la deficiencia, sino que ponen el eje en las condiciones sociales. Alguien puede querer ir a la escuela pero si ésta no está preparada para recibirlo, aquello por lo que uno no puede ejecutar lo que desea es más una cuestión social que una discapacidad propia. El modelo social nace en Gran Bretaña y está cruzado por el Estado de Bienestar. Se contrapone al modelo rehabilitador que dice que, si una persona tiene una discapacidad, se tiene que esforzar para curarse. Tiene que ver con el capitalismo, con lo que sos capaz de producir y también con la representación del gay como un invertido: una persona no podía tener un deseo sexual por otro si no era invertido en todo. En la discapacidad todo (la sexualidad, los proyectos, los gustos) se define desde el hecho de que es un minusválido.

¿De qué se trata la asistencia sexual?
–La idea es que las personas cuenten con una opción que les permita acceder al ejercicio de su sexualidad. Puede ser un asistente sexual que tiene un encuentro con el discapacitado o una persona que actúa como facilitador del encuentro sexual entre dos personas con discapacidad. Trae muchas discusiones: la idea de la utilización de cosificación del asistente, el devotismo y el abuso. Nosotros pensamos que no por reivindicar los derechos sexuales de uno vamos a vulnerar los de otros. Queremos alejarnos de los modelos de dependencia y que todos puedan convenir qué pasa en el encuentro sexual consensuado. La sexualidad de las personas con discapacidad a veces requiere de aprendizajes específicos porque son prácticas que estadísticamente no son comunes. En los países en los que se hace (Suiza y Dinamarca) el asistente debe ir a cursos de perspectiva en género, DD.HH. y Diversidad Funcional/discapacidad. Hay una diferencia entre una persona formada en estos cursos y una mujer vulnerable que cae en las redes de prostitución. Hay muchas formas de implementarlo, desde las masturbadoras japonesas hasta otras propuestas en las que sólo hay caricias, besos y masajes.

¿Conceptos como “orgullo” e “identidad” deberían formar parte del lenguaje relacionado con la discapacidad?
–Eso esperamos. Las personas lgbt fueron las que primero se apropiaron del estigma. Butler habla de esto: lo abyecto que se reapropia y se devuelve en forma de lucha y proclama. Recién ahora los colectivos de la discapacidad/diversidad funcional están empezando a tomar visibilidad política y el orgullo de pertenecer a una identidad con sus diferencias. Al haber encerrado en una misma denominación a un colectivo tan heterogéneo, es difícil hablar y decir algo para todos, más allá del derecho al goce y desarrollo de la propia sexualidad, como cada uno desee ejercerla. Si la discapacidad es o no un rasgo identitario es un debate en curso. La experiencia de las luchas lgbt pronto va a empezar a enriquecer a otros colectivos.


Orgullo Sordo
Mariana Reuter tiene 42 años. Es sorda y lesbiana, en ese orden: “Lo primero que digo cuando me presento es ‘Soy Sorda’ (por si se piensan que, por la manera en que hablo, soy extranjera). Mi identidad más fuerte es ser Sorda. Así, con mayúscula lo escribimos. Y luego viene la de lesbiana. Como comunidad tenemos algo similar a la comunidad lgbt, que es un gran orgullo, una cultura propia, una lengua, todo eso se puede resumir en lo que llamamos Poder Sordo”. Mariana estudia dos carreras (una Tecnicatura en Ecología y está terminando una Tecnicatura en Consultoría Psicológica) y tiene dos trabajos (en una fundación para personas Sordas y como acompañante terapéutica). Su día empieza muy temprano, y es tan largo que casi no le queda margen para pasar tiempo con su compañera, que está empezando a conocer. Si no hay tiempo, se lo inventa: al amor y al sexo no los negocia. Son frecuentes las historias en que el closet de las personas con discapacidad viene con doble refuerzo. En su caso la salida fue en el ‘97 dentro un grupo de teatro. Con su familia pudo hacerlo recién en 2003. “Fui saliendo por tandas. Y todavía hay personas que no saben. Como los Sordos somos una minoría y nos conocemos todos, entonces se cuchichea: ‘ésa es lesbiana, aquélla es bisexual’. Cuando empecé a decir que era lesbiana, en el grupo de teatro me alentaron a que me abriera también por fuera de ahí. Era gracioso, porque mi novia de ese momento, que era oyente, me llamaba por teléfono (no había celular todavía) y yo, que vivía con mis padres, necesitaba que alguien de mi familia colaborara con nuestra comunicación. Para ese entonces en casa no estaba blanqueado quién era ella. Cuando yo quería llamarla tenía que pedir a mi mamá o a mi hermana y que me ayudaran a concretar la cita con ‘mi amiga’.”
Un diálogo de Sordos es un diálogo

En 2008 Argentina ratificó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas, aprobada en 2006. Esta incluye el derecho a casarse, planificar la maternidad y la paternidad, tener la custodia, tutela, guardia y adopción de niños, manejar bienes, trabajar sin ser discriminado, el derecho a información sobre anticoncepción y el derecho a mantener su fertilidad. “En lo que respecta a discapacidad, en estos años se ha avanzado aunque no lo suficiente. La Convención habla de discapacidad no sólo como déficit sino asociada a barreras. Eso es muy importante. El artículo 23 (que habla de educación sexual y planificación familiar) va contra el miedo de la sociedad a que la discapacidad ‘se contagie’”, dice Mariana.
¿En qué cosas falta profundizar?

–Falta que se empiece a relacionar más intensamente sexualidad y discapacidad. El nuestro es, para mucha gente, un cuerpo que no da placer. Paradójicamente, las mujeres Sordas suelen ser víctimas de redes de trata porque tienen una discapacidad que no se ve. Como pasa siempre, las leyes pueden ir a cierta velocidad, pero la cabeza de la gente no necesariamente las sigue. Eso se ve en lo cotidiano. Yo conviví 5 años con una novia oyente. Ella se tuvo que acostumbrar a que dentro del departamento no podía hablarme desde la cocina si yo estaba en otro ambiente. Las personas oyentes están acostumbradas a hablar por teléfono de un modo excesivo. Quería llamarme y obviamente no podíamos comunicarnos así, sin intermediario. Ella se adaptó a mis amigos Sordos, y yo a sus amigos oyentes. Si íbamos a un boliche, solía y suele ser un problema la oscuridad: ahí no puedo leer los labios. Como la gente se cree que las personas con discapacidad somos asexuados, nadie se preocupa por la accesibilidad de los boliches, los bares, los telos. ¿Cómo hace una pareja Sorda para comunicarse con el de la ventanilla del telo, pedir una habitación, pagar? Hay cosas que realmente nunca han sido pensadas. Se garantiza el acceso, rampas, etc., a ciertos lugares como un hospital, pero no a los espacios culturales y de diversión.
¿Cómo es visto tu lesbianismo dentro de la comunidad Sorda?

–Uso todo lo que puedo la palabra lesbiana. Parece un mal chiste, pero todavía hace falta explicar que entre las personas con discapacidad hay muchxs gays, héteros, trans, y que tenemos deseos sexuales tan intensos como cualquiera. En un momento con un grupo de amigos formamos la Asociación de Sordos Homosexuales de Argentina (decíamos “homosexuales” porque era 2003 y todavía no se hablaba de LGBT) pero tuvo corta vida. Muchas veces las personas con discapacidad no expresan su orientación sexual dentro de la familia, la escuela, grupos sociales. Se potencia con la falta de comunicación. En el caso de las personas Sordas, algunxs no tienen acceso al español y sólo se desenvuelven con lengua de señas. Es difícil para un Sordo decir: “Mamá, papá, soy gay/lesbiana”. Dentro de la comunidad Sorda hay poca información sobre sexualidades diversas. Pero en los ámbitos lgbt (marchas, congresos) también se habla poco de nosotrxs y difícilmente haya intérpretes de lengua de señas. ¡Y todo lo que falta trabajar con los padres!
¿Por qué con los padres?

–A veces los padres toman decisiones sobre nosotros. Nos acompañan al médico y los hijos no entienden lo que él dice. El padre o la madre recibe la información y se la filtra. Nosotros decimos “me lo pasó corto”. En vez de explicar para qué es el análisis simplemente te hacen hacértelo. Debería haber intérpretes en los hospitales. En el artículo 22 se habla del derecho a la privacidad, por ejemplo, para tener relaciones y manejar el propio dinero. Tengo derecho a saber qué son esas pastillas que me están dando. Poder decidir incluso si seguir adelante con un embarazo o no. Muchas veces las mujeres con discapacidad tienen a sus hijos y se los sacan.


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