26 diciembre 2014

"¿Diferencia o diversidad?".

Autor: Víctor Ariel Pagano (1)
¿Por qué preferir el término “diversidad” al término “diferencia”? La hipótesis que traigo aquí, y no creo ser original en esto que diré, es que el concepto de discapacidad está construído sobre una retórica de la diferencia. Diferencia de la discapacidad frente a la normalidad. Diferencia de la persona con discapacidad frente a la persona “convencional”. 

Una multitud de condiciones que marcan a una persona como diferente, respecto de las que son consideradas como “iguales”, y la engloban en un colectivo inmenso que la vez tiene sus propias diferencias. “Diferencia”, entonces, como comparación con la “normalidad”; “diferencia” como clasificación, dentro del colectivo, de acuerdo al tipo de discapacidad; “diferencia” como grados, en relación a su lejanía con esa normalidad deseada (por los normales, para los otros); en fin, “diferencia” como discriminación, en el doble sentido que le brinda la Real Academia Española a “discriminar”: 

1. tr. Seleccionar excluyendo.
2. tr. Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.

Ya que lo hemos traído a colación, sigamos jugando con el diccionario, que siempre es un ejercicio divertido. Opongamos, hasta donde se pueda, las definiciones de “diferencia” y “diversidad” y veremos que no es casualidad que el Foro de Vida Indepediente y Divertad de España haya elegido el segundo término al desarrollar el nuevo modelo.
Por un lado:
diferencia.
(Del lat. differentĭa).
1. f. Cualidad o accidente por el cual algo se distingue de otra cosa.
2. f. Variedad entre cosas de una misma especie.
3. f. Controversia, disensión u oposición de dos o más personas entre sí.

Por el otro:
diversidad.
(Del lat. diversĭtas, -ātis).
1. f. Variedad, desemejanza, diferencia.
2. f. Abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas.

He marcado dos acepciones que me interesan más que las demás, pero me veo en la obligación de copiarlas todas: sería poco honesto elegir únicamente las acepciones que mejor apoyan estas  hipótesis. Y por eso digo que “juego” con el diccionario porque no creo que estas ideas no se vean autorizadas o refutadas por él: el diccionario puede ser muchas cosas pero claramente no es debe ser la piedra fundamental del pensamiento. Si se prefiere, “el diccionario no es destino”. Simplemente quiero dar a entender en qué estoy pensando y creo que a partir de estas definiciones puedo mostrarlo de manera más clara.

Cómo vimos, “diferencia” nos remite, al menos en la acepción marcada, a una cualidad comparativa entre dos objetos. La diferencia se opone a la igualdad, y cuando decimos que todos somos “iguales pero diferentes”, hacemos malabarismos conceptuales para explicar dentro de qué sentido hablamos de igualdad y dentro de cual otro estamos pensando en la diferencia. Sin ello, la frase es simplemente una paradoja.

“Diversidad”, en cambio refiere a la abundancia, a la variedad propia de los seres existentes, especialmente entre los seres bióticos. Diversidad que presentamos como seres humanos. Pero, también diversidad en hacer las mismas cosas de manera diferente, que es, al fin y al cabo, la fundamentación última de la diversidad funcional. “Todos somos iguales y diversos” se presenta intuitivamente como una frase con mucho más sentido. Diversidad como manifestación de las variantes, todas igualmente valiosas, de los seres humanos como especie. De esta diversidad es de la que tenemos que hacernos cargo si queremos una sociedad más justa.

Ahora la pregunta que se impone es: ¿Quienes “tenemos” que hacernos cargo? La misma pregunta pueder llegar a sonar excluyente. Por supuesto, la respuesta es “todos como sociedad”, al margen de que aquellos que están en situación de tomar decisiones políticas o ejecutivas de cualquier nivel estén una posición privilegiada para que ese “hacerse cargo” llegue a concretarse en prácticas. Este “todos” implica justamente borrar las diferencias entre un colectivo de personas con discapacidad  y el resto de la sociedad. Ahora, esto debe hacerse sin dejar de prestar atención que en un contexto que propugne por la diversidad, también los lugares, los servicios y los productos tienen que estar preparados para esa diversidad, de forma tal que puedan ser utilizados siempre de forma universal. Esto último quizá sea utópico, pero es un horizonte hacia el cual podemos ir marchando. La diversidad funcional no tiene por qué seguir siendo la fuente de la identidad personal, no hay por qué seguir aglutinando a la gente detrás de una condición. Porque esta es una forma de identidad impuesta desde el afuera, impuesta desde “los normales” para “los diferentes”. Debemos seguir buscando que sean las propias personas quienes busquen las fuentes (porque inevitablemente serán múltiples) de su identidad, incluso, y sin riesgo de contradecirme, cuando una de esas fuentes sea esa condición de persona con diversidad funcional. En esta sociedad de identidades múltiples, donde los modos de acceso a los diferentes lugares, productos y servicios sean también múltiples, la persona con diversidad funcional no sería ya el “caso especial”, no sería más que lo que siempre debió ser, una persona entre otras. 

Victor Ariel Pagano
(1) Víctor Pagano; Prof. de filosofía, Especialista en sexualidad y diversidad funcional, Miembro de SEX Asistent Argentina. Miembro de Antroposex y de la ONG Acciones coordinadas contra la trata de personas. Argentina.

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