22 diciembre 2016

Devotee: relatos de una mujer que reivindica el amor como un acto de plena convicción.

HELMUT NEWTON (1920-2004) Jenny Kapitan, Pension Dorian, Berlin, 1977
Compartimos un relato en primera persona -que nos hiciera llegar una mujer con diversidad funcional- y que creemos de imprescindible lectura para acercarnos desde otras perspectivas a nuevas miradas de aquello que seguimos empecinados en desconocer.


"Pensé que con él iba a ser distinto. La peculiaridad que otros ven en mí, ya no sería un problema, sino que se volvería una atracción en todo sentido. Conocí a unos cuantos heterosexuales que siempre encontraban el momento para no continuar, para no ilusionar, para no "hacerme sufrir". Como si sufrir no fuera parte constitutiva del amor sexual, como si nosotrxs, las personas con discapacidad sólo tuviéramos que vivir en "la nada" de los sentimientos: ni tristezas ni alegrías...Y digo heterosexuales, pensando en los “convencionales del sexo”, sin menospreciar esa condición. Porque para mí, el Ser Devoto era eso, y todavía lo es, una condición, una inclinación sexual más, que no se elige en primera instancia, pero definitivamente debe elegirse cuando se adquiere la conciencia íntima de sentirse, y de definirse como devotee. 

Pero voy al punto, y digo que creí que las cosas iban a ser más sencillas…imaginaba que junto a él mi cuerpo estaría completamente despojado de mandatos, y quizás...mi escasa movilidad sería un aliciente, y no un motivo de temor a hacerme daño. Él ya no sería solamente la aceptación de mi belleza, sino la reivindicación de ella. Sumado a esto, sabía que frecuentemente se tilda a los devotos como portadores de un fetiche, y nada más que eso, pero no me importaba. ¿Acaso estaba mal que alguien me fetichice? Si sólo necesitaba que dejen de ejercer el derecho de conducir mis propias emociones y sensaciones, tan sólo necesitaba que el amor concreto, tantas veces frustrado, se volviera real. 

Sin embargo, me equivoqué, y no pude percibir que la relación comenzó mal parida… Hace unos cuatro años, él me escribió un mail luego de ver mi perfil en una web de citas. Después de un tiempo, negó rotundamente este hecho virtual. Mientras me negaba (y se negaba), cambiaba la conversación haciendo preguntas, y empezando a insinuarse. Yo le seguí la corriente, "debe haber sido otra persona la que me contactó a mi correo" asentí.

Y así fue pasando el tiempo, y nos fuimos conociendo. Entre idas y vueltas, entre discusiones políticas. Había algo en él que no me terminaba de cerrar, tal vez sería una futura cicatriz que se traslucía en germen, o más bien, su creencia de que el amor diverso necesariamente debía ubicarse en la marginalidad de las relaciones. De todas maneras, decidí probar, y luego de un año viajé a Buenos Aires, como lo hago cada tantos meses. Le propuse encontrarnos en un café, mi asistente personal se iba a encargar de llevarme hasta el lugar. Entonces, él se esfumó, y la cita ni siquiera llegó a planificarse. No me dolió, porque no lo quería aún, para mí era solamente una opción conocerlo, existían muchas visiones diferentes entre nosotros.

Pasados unos meses, volvió a aparecer, guarecido en disculpas y excusas. No sé cómo fue, si me sentí sola o desilusionada con otras opciones, o qué. Y volvimos a hablar, recuerdo que me insistía mucho...es increíble pero hasta me ofreció una mensualidad. Por supuesto no la acepté, le dije que tenía espíritu de libre mercado, que yo para él significaba no más que un bien a consumir. Pero hubo algo que definitivamente me convenció para continuar el contacto, y eso fue su promesa de iniciar un tratamiento psicológico para poder asumir, y afrontar con orgullo, su condición de devoto. 

Entonces, llegó la hora de planear un encuentro de verdad. Después de largas "negociaciones", pudimos ponernos de acuerdo. En un principio costó, porque el exigía determinaciones: tener sexo en una primera cita (cuando ni siquiera había asistido en ocasiones anteriores). Por el contrario, mis tiempos eran otros, los tiempos de mi vida, y de mi cuerpo son otros. Pensaba que él necesariamente debía aprender el funcionamiento de mi corporeidad, sin apurar nada, sin presionar nada. De esa manera, yo sería la apurada, la artífice, la iniciadora. Le propuse vernos en un café de un shopping, y le prometí que si me sentía cómoda, íbamos a tomarnos un ratito para estar solos en un lugar secreto, al que no había accedido jamás, un lugar bajo llave, y sin género…el baño de “discapacitados”. Y no pudo existir mejor incentivo para un devotee como él. 

Nos encontramos, sus primeras miradas fueron algo intimidantes, sin embargo y pasado un rato, el hielo se rompió, o mejor dicho, se derritió. Observó mi silla, mis manos pequeñas, me contó que estaba planeando un viaje a Japón, se acercó para poder escucharme mejor. Despertó en mí una especie de confianza natural, inesperada. Parecía tener una paciencia casi ancestral...serena de verdad. Y lo invité a dar una vuelta solos (hasta ese momento mi asistente había estado presente junto a nosotros). De inmediato se levantó de su silla, tomó la mía y salimos fuera del café. Me preguntó: ¿Y ahora qué hacemos? ¿Vos que querés hacer? (Le repregunté). Fuimos al baño de discapacidad, cerró la puerta y me miró diciendo: ¿Soy lo que esperabas? Mi respuesta fue un sí. Él también me confesó que colmé sus expectativas (aunque con un poco menos de movilidad de la que me atribuyó en su imaginación).

Estudió mi cuerpo, me besó, nos miramos, nos abrazamos, se quitó el pantalón...Y supo respetar cuando dije No. No era mucho el tiempo que teníamos, pero lo pudimos aprovechar hasta que debimos regresar al lugar donde mi asistente me esperaba. En el camino, mi cabeza se ladeó hacia la izquierda (lado de mi cuerpo sin movilidad alguna), entonces él hizo lo propio, y me volvió a mi centro. Nos despedimos con la certeza de un reencuentro. 


Al pasar los días, la comunicación continuó, entre mensajes de amor y de risa volví a mi pueblo, y a mi rutina. Y así, pasaron tres meses. Cuando resolví volver a Buenos Aires, él recién llegaba de su viaje a Japón. Quedamos en vernos...él quería saber cómo sería el encuentro, lo cité en mi departamento, también estaría mi acompañante (por supuesto, en otra habitación). Esperé que saliera de su trabajo, pero me dijo que se iba a retrasar porque tenía una reunión, eran las seis de la tarde. Llegadas las nueve de la noche volvió a argumentar que la reunión continuaba. Finalmente, no fue a verme, tampoco inventó excusas, simplemente extendió una gran brecha de silencio entre los dos. Una brecha que no dice nada, porque no le interesa decir nada. 

Pienso que para él fui una experiencia más, que buscó con mucho ahínco, pero que cuando encontró...desestimó continuar, quizás porque no valía la pena. Me desgarra el dolor de haberlo esperado tanto, de haber pecado de ingenua, de vagar nuevamente en la soledad, y de haberme visto humillada por su falta de sinceridad: de no hacerse cargo de sus propios deseos y no-deseos. 

Y en eso consiste el peor fetichismo de nuestros días, el de las vivencias vacías, descartables. El de las parafilias superficiales, que no nacen de un repollo, sino que se construyen y alimentan a partir de prejuicios, de preconceptos, de estigmas…que nos son atribuibles simplemente por el hecho de ser personas con diversidad. Los imaginarios de amores perfectos, en realidad esconden visiones estancas, cobardes y encasilladas, que también revalidan parafilias, y las eternizan, convirtiéndolas finalmente en perversiones ocultas y demonizadas. Nunca representé en su vida un amor perfecto, que quede claro.

Igualmente, no voy a realizar falsas generalizaciones, sé que el Universo Devotee es amplio, y creo firmemente en que las cosificación puede ser evitada si con nuestros pensamiento, y actitudes, trascendemos cualquier imposición que nos es dada desde fuera, que nos rotula y estigmatiza. Si somos conscientes de que tenemos el derecho a decidir sobre nuestras vidas, y sobre nuestros cuerpos, las historias pueden llegar a transformarse. Mi experiencia, y su experiencia, también hacen estallar estereotipos: él, como devotee, no demostró ser un monstruo “Perverso y merodeador”, ni me forzó a nada (aunque haya tenido la oportunidad de hacerlo). Por mi parte, preferí no romper el silencio que inició, dejándolo ir…sin ahogarme en la agonía y el llanto eterno, que también se nos endilga con frecuencia a las chicas discas, de los amores perdidos. 

Más bien, elijo quedarme con la ilusión de que algún día todas las personas como él salgan del closet airosas, irreverentes, y orgullosas de sus deseos, para que la atracción que sienten deje de ser nada más que puro chamuyo, y se convierta de una vez por todas en un acto de amor consciente, valiente, coherente y pleno de convicción."


Violeta
(Diciembre de 2016)


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