27 diciembre 2016

Discapacidad y homosexualidad: Más que un closet, una cruel prisión heterosocial

Fuente: Siga Chile
Paulina Bravo Guzmán 
Abogada, Presidenta ODISEX
14 de diciembre de 2016


Desde la perspectiva jurídico-social, la sexualidad de las personas con discapacidad es una materia que se trata con escasa frecuencia. Y en plena coherencia con la falta de información y de políticas públicas al respecto, una de las aristas más complejas e ignoradas en este tema es la discapacidad vinculada con la homosexualidad produciéndose, aquí, de manera particular, serias vulneraciones a los Derechos Humanos además de una multiplicidad de discriminaciones. Claro está que la orientación sexual, forma parte del legítimo derecho al desarrollo sexual de todas las personas sin excepción. Sin embargo, ejercer ese derecho es, sin duda, más complejo para una persona con discapacidad.

En lo académico, hay escaso material al respecto y el que existe, está más bien relacionado con la salud. Con todo, urge enfocar la materia con una perspectiva de Derechos Humanos, a la luz de los pactos internacionales sobre derechos fundamentales de los que Chile es parte, hasta relegar por fin el cómodo y discriminatorio anacronismo de continuar viendo la discapacidad como sinónimo de incapacidad, en lugar de naturalizarla por tratarse de diversidad sensorial, física, cognitiva, entre otras. Comodidad social que sin medir las flagelantes consecuencias de su comportamiento segregador, prefiere ver y tratar a las personas con discapacidad como enfermas, sujetos de asistencia y asexuadas, y no como lo que son, sujetos de derecho y titulares por lo tanto de todos los derechos fundamentales.

Sorprende que en nuestro país, miembro de la OCDE y ad portas del desarrollo, a pocos parece incomodarles que incluso en cuerpos normativos tan recientes y progresistas como el que regula el Acuerdo de Unión Civil, aún por remisión a otras leyes, el legislador siga hablando indistintamente de personas con discapacidad o de “minusválidos”, naturalizando con este lenguaje peyorativo el menor valor asignado a una persona por el hecho de presentar una discapacidad. De allí entonces que se considere un fenómeno, que parezca imposible o inaceptable, que en una relación de pareja alguna de las partes presente una discapacidad desde el origen del vínculo afectivo sea este hetero u homosexual. Dado que consecuencialmente con el porfiado apego a antiguos paradigmas asistencialistas, resulta inconcebible que una persona “normal” y por consiguiente sana, capacitada, sujeto de derecho, pueda mantener una relación afectiva con una persona “anormal” y por consiguiente enferma, discapacitada o incapacitada, minusválida y por lo tanto, sujeto de asistencia.

Históricamente, la mayoría de las personas homosexuales con discapacidad han sido relegadas a un espacio marginal por ambos colectivos con los que podrían identificarse y alcanzar un rol activo de participación. Marginación que presenta una multiplicidad de causas que son de lata discusión.

En términos generales, podemos observar que si desde la perspectiva sexual la regla está determinada por la heteronorma, de lo que se sigue que “lo normal” es tener una orientación heterosexual y, considerando que vivimos en una sociedad que ostenta una seria tendencia a rechazar la diversidad por considerarla “anormal”, el colectivo humano de lesbianas, gays, transexuales , bisexuales, intersexuales, es excluido de la participación social, debiendo por consiguiente, activarse en una lucha constante para abrirse espacios sin transar con su legítima orientación sexual.

En esta misma lógica de exclusión social fundamentada en el rechazo a la diversidad, el colectivo de personas con discapacidad es también excluido debiendo abrirse espacios de participación. Sin embargo, los avances para este colectivo son mucho más lentos que para el primero, por cuanto sobre ellos pesa el poderoso estereotipo que les identifica como un grupo dependiente, que requiere ser asistido por otros hasta en sus reivindicaciones de inclusión social. Esta ideación paternalista que infantiliza la imagen de las personas con discapacidad, sustituye el legítimo ejercicio del derecho a su desarrollo sexual por una lápida que reza: “asexuados”.

Ahora bien, dado que ambos son grupos humanos, es perfectamente posible que una persona con discapacidad sea lesbiana, gay, transexual, bisexual o intersexual. En una lógica inclusiva, esta persona debería encontrar espacios de participación en ambos colectivos, sin embargo, suele ser rechazada por el colectivo LGTBI, porque desde una perspectiva general, este colectivo es física, intelectual, sensorial y estéticamente más aproximado a lo que se reconoce como “estándar de normalidad” y, por consiguiente, enfrentado con la discapacidad, pasa a formar parte y se identifica con la mayoría.

La persona homosexual que presenta una discapacidad, además de resultarle aún más difícil hacer pública su orientación sexual porque tendrá que enfrentarse a la discriminación múltiple, suele ser también rechazada por el colectivo de personas con discapacidad, las más de las veces, por fundamentos de orden moral y o religioso. Lo que en importante medida, se explica en razón a que no obstante el reconocimiento de la dignidad humana como inherente a todos los individuos de nuestra especie sin excepción por la Carta Magna de los derechos humanos, el asistencialismo insiste en estereotipar a las personas con discapacidad como sujetos de caridad. Y la caridad, está íntimamente ligada a un comportamiento acorde con directrices de una moral supra secular cuya debida observancia, promete la perpetuidad del espíritu.

De allí que una ligera mirada al espectro de instituciones que asumen las tareas de rehabilitación, permite constatar que la gran mayoría de éstas, se encuentran directa o indirectamente vinculadas a una estructura que opera financiando y recaudando el financiamiento para su labor, inspiradas en la caridad y o en nombre de un mandato divino o supra humano., En este escenario, sin duda, la persona homosexual con discapacidad, con su orientación sexual estaría atentando en contra de un principio moral elemental cual es la heteronorma.

Consecuencialmente como respuesta a la falta de políticas públicas efectivas en materia de rehabilitación de las personas con discapacidad, ausencia de regulación que contribuye en forma directa al comportamiento de una sociedad que insiste indolente en la explotación emocional de este colectivo de personas imponiéndoles la responsabilidad de su propia rehabilitación, debiendo erigirse como símbolos ejemplares de esfuerzo sobrehumano, de inocencia perpetua, de apego estricto a una moral castradora, en ellas es aún más profundo el sentimiento de culpa, de invisibilización y de auto privación de sus naturales deseos sexuales, máxime si estos se activan por una persona de su mismo sexo.

El ideario asistencialista, continúa haciendo cargar a las personas con discapacidad con el lapidario estigma de la dependencia en su expresión más amplia. poniendo en duda su capacidad de relacionarse afectivamente con un otro al que de no presentar una discapacidad, en lugar de amor y deseo sexual, el juzgador imaginario colectivo, le atribuye sentimientos paternalistas o caritativos respecto de su pareja con discapacidad. Considerando que realiza “un sacrificado acto heroico”, al tener que cargar con los males que supone conlleva el peso emocional y o material de vincularse con un ser humano que sobrevive bajo el amparo solidario de otro, cuya principal característica emocional en esta relación no es el amor ni el deseo sexual sino la piedad. Sumado a ello, la falta de oportunidades para relacionarse afectivamente con una persona que no sea aprisionada por la culpa, al involucrar sentimientos de atracción y deseo sexual hacia quien integra un grupo que aunque humano y adulto, le es impuesto el castigo de sentir como niños y de recibir cuidados de salud en lugar de amor y placer sexual.

Así las cosas, la persona homosexual con discapacidad, es doblemente marginada y en razón de su estereotipo de asexuada, privada del derecho a desarrollar su sexualidad. Porque es parte de una minoría dentro de un grupo humano discriminado y dependiente de la buena voluntad y de la caridad para su rehabilitación, dada la perpetuación de antiguos paradigmas asistencialistas, enquistados en un estado que debería promover la inclusión plena de todas y todos, responsabilizándose por consiguiente de la rehabilitación de las personas con discapacidad sin sujeción a ningún credo ni moral que les coarte el legítimo derecho a desarrollarse sin miedo y en igualdad de condiciones con todas las demás personas.

La diversidad, en toda su máxima extensión es un maravilloso carnaval. Y de todos quienes creemos en ella, depende que no siga opacando su bello rostro luminoso con el macabro antifaz de los prejuicios, del rechazo y la discriminación.

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