Fuente: Editores Argentina
Por: Bibiana Misischia
Revista académica de discapacidad y derechos Nº 1 Junio 2016. Argentina
La gran familia indefinida y confusa de los anormales se formó en correlación con todo un conjunto de instituciones de control, toda una serie de mecanismos de vigilancia y distribución.
En todos los tiempos, y probablemente en todas las culturas, la sexualidad ha sido integrada a un sistema de coacción; pero solo en la nuestra, y desde fecha relativamente reciente, ha sido repartida de manera así de rigurosa entre la Razón y la Sinrazón, y, bien pronto, por vía de consecuencia y de degradación, entre la salud y la enfermedad, entre lo normal y lo anormal. M. Foucault (2001)
Invisibilidad y relegamiento: diferencias desigualadas
Con respecto a la situación de las mujeres, actualmente, se ponen en evidencia transformaciones de las prácticas sociales y mentalidades colectivas que hacen que la mujer irrumpa en los espacios sociales históricamente asignados a los varones. La invisibilización y relegamiento responde a tramas sociales, económicas, políticas y culturales que la ubican en una posición de subalternidad, producto de las interacciones sociales a lo largo del tiempo. Esta visibilidad pone en evidencia las desigualdades aún imperantes, huellas que constituyen la diferencia de los géneros y generan una crisis de legitimación de la desigualdad social, poniendo en jaque la perspectiva que daba este proceso como fenómeno natural.
Considerar la discapacidad y el género como una experiencia histórica implica un análisis de la formación de los saberes que a ella se refieren los sistemas de poder que regulan su práctica y las formas, según las cuales, los individuos pueden y deben reconocerse como sujetos.
La diferencia se ubica como figura central, no refiere a una distinción, oposición, aceptación o contradicción; se construye como experiencias de alteridad, de imprevisibilidad; que nos conforman como humanos, reconocen lo singular en el hecho de ser mujeres y varones.
En la situación de las mujeres y de las personas con discapacidad, la diferencia se constituyó históricamente arraigada a la inferioridad y la subordinación, fundamentada y atravesada por las relaciones de poder, que se manifiestan como un ejercicio de violencia. Por ello, en el mismo movimiento se distingue la diferencia, instituyéndose la desigualdad, se conforman diferencias desigualadas.
Plantea Ana María Fernández: “hablar de diferencias desigualadas supone pensar que la construcción de una diferencia se produce dentro de dispositivos de poder: de género, de clase, de etnia, geopolíticos, etc.” (2009:26). Frente a ello se requiere la construcción de un discapacidad, en un contexto de fuerte incremento de las desigualdades y fragmentación, donde las personas excluidas no tienen derechos. Espacio de igualdad desde el reconocimiento de las diferencias otorgando poder a estas para convertirlo en potencia y capacidad de acción, relaciones de poder que emanan de la posibilidad de constituirse en un sujeto colectivo cohesionado por acuerdos. Se impone la necesidad de dilucidar los dispositivos bio-políticos no solo a partir de la lectura de los grandes acontecimientos públicos, sino de la cotidianeidad, de recuperar los relatos que pongan en evidencia las relaciones asimétricas, basadas en mandatos de dominación y obediencias.
La sexualidad y discapacidad como derechos
Diferentes perspectivas pueden ser punto de partida para la reflexión acerca de la sexualidad y la discapacidad. Se pueden concebir a las personas con discapacidad como seres asexuados o poseedores de una sexualidad diferente, reforzada en las limitaciones y no en las potencialidades; interpretando que las personas con discapacidad son seres sexuales diferentes, que deben “aprender una sexualidad diferente”. También es posible, en estos tiempos, hablar del derecho a la sexualidad, especialmente, sobre la reivindicación de los derechos sexuales y reproductivos de todos y todas. Un aspecto central, desde esta perspectiva, es la múltiple discriminación, no como la suma de las necesidades que se plantean por discapacidad y género/sexualidad, sino que al conjugarse ambas variables, se produce una situación diferente. La situación se complejiza o enriquece si sumamos las situaciones cambiantes a lo largo de todo el ciclo vital –desde niñas a mujeres mayores–, el atravesamiento por todas las clases sociales y las diferentes identidades culturales. No es un grupo compacto y homogéneo. Esta perspectiva se construye sobre la base del modelo social de la discapacidad, que sostiene la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, la que reconoce que las mujeres y las niñas con discapacidad suelen estar expuestas a un riesgo mayor, dentro y fuera del hogar, de violencia, lesiones o abuso, abandono o trato negligente, malos tratos o explotación y subraya la necesidad de incorporar una perspectiva de género en todas las actividades destinadas a promover el pleno goce de los derechos humanos y las libertades fundamentales por parte de las personas con discapacidad.
El origen sociológico de este enfoque remite a la corriente crítica de los años 80 en Estados Unidos e Inglaterra, entendiendo la discapacidad como situación social, resultado de las relaciones complejas contenidas en un tiempo y en un lugar determinado y no como inherente a un hecho individual. Una situación que otorga un valor determinado (un disvalor) a las personas con discapacidad, por eso se puede hablar de una práctica social discriminatoria ya que se crean y difunden estereotipos, por las características de dichas personas, que generan procesos de exclusión y restricción al acceso a determinados ámbitos, impidiendo el goce de derechos. Se articulan así, formas de negación de derechos, estigmatizaciones y discriminaciones hacia quienes se alejan de la normalidad definida. Quizás una limitante presente en este modelo sea el planteo de universalidad de los derechos humanos, del derecho moderno frente al planteo de la diferencia y heterogeneidad de la ética. Rita Segato plantea que es necesario desplazarse desde el foco en los valores del otro diferente y colocarse en la frontera entre el diálogo de estas multiplicidades que representan el otro cultural con el otro representado en el Estado. La estrategia planteada tiene que ver con una mirada que parte de lo incompleto de las diferentes alteridades, ese espacio es el que permite dar movimiento, transformación y cambio. Desde allí se pone “en cuestión”, de forma permanente, las declaraciones normativas del derecho.