Autor: Víctor Ariel Pagano (1)
¿Por qué
preferir el término “diversidad” al término “diferencia”? La hipótesis que
traigo aquí, y no creo ser original en esto que diré, es que el concepto de
discapacidad está construído sobre una retórica de la diferencia. Diferencia de
la discapacidad frente a la normalidad. Diferencia de la persona con
discapacidad frente a la persona “convencional”.
Una multitud de condiciones que marcan a una persona como diferente, respecto de las que son consideradas como “iguales”, y la engloban en un colectivo inmenso que la vez tiene sus propias diferencias. “Diferencia”, entonces, como comparación con la “normalidad”; “diferencia” como clasificación, dentro del colectivo, de acuerdo al tipo de discapacidad; “diferencia” como grados, en relación a su lejanía con esa normalidad deseada (por los normales, para los otros); en fin, “diferencia” como discriminación, en el doble sentido que le brinda la Real Academia Española a “discriminar”:
Una multitud de condiciones que marcan a una persona como diferente, respecto de las que son consideradas como “iguales”, y la engloban en un colectivo inmenso que la vez tiene sus propias diferencias. “Diferencia”, entonces, como comparación con la “normalidad”; “diferencia” como clasificación, dentro del colectivo, de acuerdo al tipo de discapacidad; “diferencia” como grados, en relación a su lejanía con esa normalidad deseada (por los normales, para los otros); en fin, “diferencia” como discriminación, en el doble sentido que le brinda la Real Academia Española a “discriminar”:
1. tr. Seleccionar
excluyendo.
2. tr. Dar trato de
inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos,
políticos, etc.
Ya que lo hemos
traído a colación, sigamos jugando con el diccionario, que siempre es un
ejercicio divertido. Opongamos, hasta donde se pueda, las definiciones de
“diferencia” y “diversidad” y veremos que no es casualidad que el Foro de Vida
Indepediente y Divertad de España haya elegido el segundo término al
desarrollar el nuevo modelo.
Por un lado:
diferencia.
(Del lat. differentĭa).
Por el otro:
diversidad.
(Del lat. diversĭtas,
-ātis).
He marcado dos
acepciones que me interesan más que las demás, pero me veo en la obligación de
copiarlas todas: sería poco honesto elegir únicamente las acepciones que mejor
apoyan estas hipótesis. Y por eso digo
que “juego” con el diccionario porque no creo que estas ideas no se vean
autorizadas o refutadas por él: el diccionario puede ser muchas cosas pero
claramente no es debe ser la piedra fundamental del pensamiento. Si se
prefiere, “el diccionario no es destino”. Simplemente quiero dar a entender en
qué estoy pensando y creo que a partir de estas definiciones puedo mostrarlo de
manera más clara.
Cómo vimos,
“diferencia” nos remite, al menos en la acepción marcada, a una cualidad comparativa
entre dos objetos. La diferencia se opone a la igualdad, y cuando decimos que
todos somos “iguales pero diferentes”, hacemos malabarismos conceptuales para
explicar dentro de qué sentido hablamos de igualdad y dentro de cual otro
estamos pensando en la diferencia. Sin ello, la frase es simplemente una
paradoja.
“Diversidad”, en
cambio refiere a la abundancia, a la variedad propia de los seres existentes,
especialmente entre los seres bióticos. Diversidad que presentamos como seres
humanos. Pero, también diversidad en hacer las mismas cosas de manera
diferente, que es, al fin y al cabo, la fundamentación última de la diversidad
funcional. “Todos somos iguales y diversos” se presenta intuitivamente como una
frase con mucho más sentido. Diversidad como manifestación de las variantes,
todas igualmente valiosas, de los seres humanos como especie. De esta
diversidad es de la que tenemos que hacernos cargo si queremos una sociedad más
justa.
Ahora la
pregunta que se impone es: ¿Quienes “tenemos” que hacernos cargo? La misma
pregunta pueder llegar a sonar excluyente. Por supuesto, la respuesta es “todos
como sociedad”, al margen de que aquellos que están en situación de tomar
decisiones políticas o ejecutivas de cualquier nivel estén una posición
privilegiada para que ese “hacerse cargo” llegue a concretarse en prácticas.
Este “todos” implica justamente borrar las diferencias entre un colectivo de
personas con discapacidad y el resto de
la sociedad. Ahora, esto debe hacerse sin dejar de prestar atención que en un
contexto que propugne por la diversidad, también los lugares, los servicios y
los productos tienen que estar preparados para esa diversidad, de forma tal que
puedan ser utilizados siempre de forma universal. Esto último quizá sea
utópico, pero es un horizonte hacia el cual podemos ir marchando. La diversidad
funcional no tiene por qué seguir siendo la fuente de la identidad
personal, no hay por qué seguir aglutinando a la gente detrás de una condición.
Porque esta es una forma de identidad impuesta desde el afuera, impuesta desde
“los normales” para “los diferentes”. Debemos seguir buscando que sean las
propias personas quienes busquen las fuentes (porque inevitablemente serán
múltiples) de su identidad, incluso, y sin riesgo de contradecirme, cuando una
de esas fuentes sea esa condición de persona con diversidad funcional. En esta
sociedad de identidades múltiples, donde los modos de acceso a los diferentes
lugares, productos y servicios sean también múltiples, la persona con
diversidad funcional no sería ya el “caso especial”, no sería más que lo que
siempre debió ser, una persona entre otras.

(1) Víctor Pagano; Prof. de filosofía, Especialista en sexualidad y diversidad funcional, Miembro de SEX Asistent Argentina. Miembro de Antroposex y de la ONG Acciones coordinadas contra la trata de personas. Argentina.

(1) Víctor Pagano; Prof. de filosofía, Especialista en sexualidad y diversidad funcional, Miembro de SEX Asistent Argentina. Miembro de Antroposex y de la ONG Acciones coordinadas contra la trata de personas. Argentina.

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