"Mitología de la sexualidad especial"

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11 abril 2019

Entrevista a Silvina Peirano. "Sexualidad en la diversidad funcional"

@SonMiradasNeuquén de la muestra Mapas de Placer, organizada por el Centro Julia Pastrana Patagonia

Silvina Peirano es profesora de Educación Especial y especialista en personas con diversidad intelectual con más de 20 años de experiencia en el área de sexualidad y discapacidad. Ha desarrollado su tarea tanto en escuelas especiales del Conurbano Bonaerense, en González Catán durante los años noventa, como en acompañamiento y asistencia sexual a personas con discapacidad en Barcelona, España, en el año 2000. En ambos países ha dejado su huella creando espacios destinados a la garantía de los derechos sexuales de las personas con discapacidad.

Se ha dedicado, a su vez, a la recopilación y difusión de materiales sobre la temática. Desde el 2013 se dedica, en Argentina, a la formación en el área orientada a profesionales y familias, y es también profesora especial en profesorados de CABA en dos cátedras de ESI (Educación Sexual Integral).

Pese a la extensión de sus aportes al área, insiste una y otra vez en la importancia de habilitar espacios para que las personas con discapacidad hablen en primera persona y sean las protagonistas de sus propias historias, reclamos y expresiones políticas. En esta entrevista habla con gran claridad acerca de estos temas en relación al feminismo.

-¿Cómo crees que influye el feminismo en las discapacidades?
-No es casual que yo prefiera hablar de diversidad funcional y no de discapacidad. El modelo de la diversidad funcional, o filosofía de la vida independiente, es un concepto de diversidad humana, mientras que el de la discapacidad hace referencia a la falta de habilidades que presenta una persona, en función de aquéllo que puede o no puede hacer: qué le falta, qué no tiene, qué hay que compensar. Haciendo un poco de historia, nosotrxs venimos de un modelo minusvalizante, asistencialista, tomado por el modelo médico rehabilitador que se apodera del cuerpo de las personas que ellos denominan discapacitados. Este es un concepto negativo de los cuerpos y sus funciones, donde se tiende a creer que la discapacidad es una enfermedad. Esta idea es la que tendemos a tratar de quitar: nosotrxs no hablamos de enfermxs o discapacitadxs, sino que hablamos de ciudadanos y ciudadanas de derecho. Esas son las personas con discapacidad. Ese es el paradigma del cual no hay vuelta atrás en torno a las personas con discapacidad.

-¿Podemos entonces acá también hablar de un lenguaje inclusivo?
-El principal problema que tenemos en relación a estas personas es seguir llamándolas discapacitadas. Esto es, en sí mismo, una abyección de género, de géneros. Ese modelo es el de “los discapacitados”, que no son mujeres, no son trans, no son cis. Parecería que no importa. Es un modelo asexualizante, dónde parecería que su sexualidad fuera su propia discapacidad, o lo que es peor aún, su patología. La patologización de estas personas y de sus sexualidades nos hace pensar en la necesidad de sostener un constructo sexual específico en torno de cada unx, de la persona sorda, de la persona ciega, etc.

-Es muy interesante lo que decís, es parecido al uso de la palabra hombre para referirse a todas las personas… ¿Qué discriminaciones atraviesan las personas con diversidad funcional?
-En general las preguntas de lxs profesionales y de las familias a las que lxs profesionales se encargan de asesorar, son acerca de qué va a poder hacer la persona y qué va a poder hacer en el sexo. Y en este concepto productivista y capitalista del sexo y las sexualidades, se pone en juego lo que se denomina, desde una perspectiva para mí sincrética, la doble discriminación en relación a las niñas y mujeres con discapacidad. O sea, no solamente es discapacitada, encima es mujer. Yo creo que esta perspectiva quedó atrás hace muchos años. Nosotrxs preferimos hablar de interseccionalidades, dando vuelta a ese concepto negativo. A ese concepto negativo del ser discapacitada, se agrega un concepto negativo del ser mujer, y a esos sumamos múltiples discriminaciones, un concepto negativo de ser pobre, negra, etc. En este caso, para tenerlo en cuenta, mujer, pobre, del conurbano y con discapacidad. Y dentro de la discapacidad, no es lo mismo ser una mujer con discapacidad intelectual, por la infravaloración que se hace en base a su cociente intelectual, que ser una mujer con una discapacidad física, y a su vez no son lo mismo todas las discapacidades físicas. En fin, existe una jerarquización de los grados de discapacidad. En definitiva, de lo que no se desea ser. Esa es, en gran medida, la representación antropológica de la discapacidad: lo que no deseamos ser.

-¿Qué hacemos ante estos refuerzos negativos?
-La cuestión es cómo unimos el deseo, la decisión y la autodeterminación, con el derecho a desear a personas que consideramos indeseantes, improductivas, indeseables. Este concepto de mujeres con discapacidad es un concepto muy potente, que tenemos que ampliar muchísimo más allá que la doble discriminación por ser mujer con discapacidad. Creo que hay que pensar esos conceptos completamente en positivo, en el plural de las sexualidades, en clave de diversidad. Lo maravilloso de ser mujer, pobre, gorda, lesbiana, negra, disca. El problema es que acá las luchas de las organizaciones atrasan miles de años en relación a lo que sucede en la sociedad. Acá todavía estamos luchando por si lxs vamos a declarar o no capaces de decidir sobre sus propias vidas y cuerpos. Falta mucho para pensar esa discusión, pensar a una mujer en toda su diversidad, y que estas mujeres se sumen a la diversidad funcional.

-¿Es una deuda pendiente del movimiento feminista?
-La mayoría de los feminismos adolecen de ser capacitistas, es decir, de pensar que las personas tienen que ser capaces para tener sexualidad, que la sexualidad es algo que se tiene. Este también es un concepto errado. La sexualidad no es algo que se tiene, es algo que se es. Pareciera que hay que dar cuenta de que también se es sexual. Esto aparece todo el tiempo: “yo también puedo”, “yo también se”. Se trata de mensajes que adhieren a una cuasi teoría llamada porno inspiracional, donde las personas con discapacidad nos despiertan miedo, angustia, condolencia, sensibilidad y llanto, pero no nos desean el deseo, el deseo erótico, sexual. Por el contrario, nos despierta el deseo de no ser, de que no nos toque a nosotrxs, a nuestrxs hijxs, familiares. Entonces, el feminismo creo tiene una gran cuenta pendiente, un gran acto de justicia que hacer en relación a las mujeres con discapacidad. Y, además, en relación a las mujeres con discapacidad que están fuera del prototipo de mujer bella, blanca, rubia, simpática, etc. Hoy día hay muchas personas que están entendiendo que la discapacidad no es un problema, y que no es una problemática sólo de ellxs, de sus familiares y de quiénes trabajamos con ellxs, sino que es parte de la diversidad humana.



26 noviembre 2017

"Ellos quieren sexo"

Fuente: Revista Paula 1239.
Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.
>Agradecemos la entrevista a Noelia Zunino<

Asexuados, infantilizados e invisibilizados. Las personas con discapacidad no solo tienen que luchar contra su diagnóstico, sino que con los mismos rótulos que les pone la sociedad y sus más cercanos en relación a su sexualidad. Esta es su nueva batalla: reivindicar su derecho a disfrutar del sexo.

Por Noelia Zunino / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner

Solo y desnudo empezó a tocarse. Era la primera vez que lo hacía después de tres años del accidente. Tomó el medicamento que le recetaron para tener erecciones, puso una película pornográfica y empezó a recorrer su nuevo cuerpo. Uno que no quería, que rechazaba y que sentía como una cáscara. Pero que era suyo.

A Esteban Torres (38) la vértebra lumbar 1 le estalló en pedazos y aplastó su médula espinal. El día anterior, el 5 de diciembre de 2005, el grupo Saiko se había presentado en Temuco en un show de campaña de la entonces candidata Michelle Bachelet. Esteban, con 25 años, era el bajista y descendió del escenario entre aplausos. De ahí emprendieron rumbo a Santiago.

Horas después hubo un frenazo y lo último que vio fue un camión que se estrellaba contra el bus. Fue algo rápido y violento. La máquina terminó con todos sus pasajeros en el lecho del río Maipo. Esteban oía gritos, llantos; sentía todo el trajín a su alrededor, pero no sus piernas.

Casi un mes tardaron los médicos en dar con un diagnóstico preciso y decirle que lo suyo, entre muchas fracturas, era un traumatismo raquimedular, lo que en términos prácticos le imposibilitaba mover desde la zona lumbar hasta la punta de los pies. Esteban pensaba que lo que estaba viviendo era un chiste cruel. Él, que había entrado a estudiar Educación Diferencial para ayudar a las personas con discapacidad, pasaba a ser uno de ellos.

Durante ese tiempo hubo algo que a Esteban le urgía; algo de lo cual nadie le hablaba. Desde el accidente, casi no tenía erecciones y, cuando sí ocurría, duraban poco.

“Me hablaban de la recuperación de los músculos, pero nadie me hablaba de mi pene. Es muy poco lo que hablan los equipos profesionales que trabajan en rehabilitación sobre el cambio en las relaciones sexuales y cómo manejarlo en pareja”, recuerda.

Tres años de pololeo llevaba cuando se accidentó. Luego de su primera alta, intentaron tener encuentros sexuales. No resultó. Esteban entendió que tendría que ir de a poco. Comenzó con rehabilitaciones para el control de esfínter y ahí tuvo una mejor respuesta, pero ya no era lo de antes. Ni siquiera se acercaba. Y él cada vez se enojaba más y más con su situación y, sobre todo, con su propio cuerpo.

La vida sexual desapareció. En los dos años que siguieron al accidente, lo operaron 12 veces de su columna y pasó la mayor parte del tiempo internado en cinco hospitales distintos, incluyendo uno en Cuba. Con todo eso, era cada vez más complejo reencontrarse con su polola.

Para el tercer año ya presentaba una notable mejoría. Sin embargo, entre él y su pareja no había más que hacer. “Terminamos y quedé deprimido e inseguro”, dice. Tras el quiebre, un urólogo le recetó fármacos para tener erecciones. “Necesitaba explorarme, saber qué sentía. Mis primeras citas fueron conmigo mismo”.

Esteban dejó una vida atrás. Con una discapacidad de 70%, ya no era apto físicamente para obtener su título de profesor diferencial. De a poco dejó la silla y pasó a las muletas. Eso le permitió seguir tocando en Saiko, pero en 2013 dejó la banda. “Terminé siendo un cacho porque los escenarios no tienen rampas y ya no podía tocar tanto rato de pie”, dice. Tuvo que reinventarse: empezó a hacer talleres musicales en escuelas diferenciales.

Empezó a indagar qué pasaba con otros como él. Supo que no era el único y que muchos accidentados con lesión medular terminaban sus relaciones porque no sabían cómo manejar su sexualidad.

Le ocurrió también a Jaime Reyes. De ser profesor de Educación Física, andar en moto y tener éxito con las mujeres, a los 24 años pasó a estar postrado. Recuerda que un día estaba en su cama y su entonces pareja se acostó a su lado. Le pidió que se acercara y lo tocara. Ella se negó. “¿Para qué si no lo sientes?”, le dijo. Un año antes un accidente en moto lo había dejado tetrapléjico y, salvo por unos sectores en el pecho, brazos, espalda y cuello, Jaime no sentía nada.

“Fue doloroso. Ya no camino, pero sí soy hombre. Fue el primer golpe de rechazo de cómo podría venir la vida en adelante. ¿Cómo convivir con eso?”, dice.

Jaime tuvo que aprender a lidiar con un cuerpo que no le responde. No puede mover sus manos ni sus dedos, pero se las arregla para escribir en el celular con un puntero.

Todo para él ha sido un aprendizaje y un gran desafío. Incluso el de derribar los mitos y prejuicios de su entorno en relación a su sexualidad, solo por el hecho de estar tetrapléjico en una silla neurológica. Hoy, a 23 años del accidente, entiende que lo que entonces le dijo su pareja responde en parte a lo que cree la sociedad: que las personas con discapacidad no tienen sexo.

“Me hablaban de la recuperación de los músculos, pero nadie me hablaba de mi pene. Es muy poco lo que hablan los profesionales que trabajan en rehabilitación sobre el cambio en las relaciones sexuales y cómo manejarlo”, dice Esteban Torres, ex bajista de Saiko.

Diversidad funcional
El II Estudio Nacional de Discapacidad de 2015 dice que en Chile el 20% de la población adulta está en situación de discapacidad. Son más de 2,5 millones de personas y, para muchos, el diagnóstico se convierte en una lápida para su goce sexual. Porque independiente del tipo de discapacidad que tengan, la sociedad los tiende a infantilizar, invisibilizar y tratar como asexuados, sobre todo si se tiene una discapacidad cognitiva.

La abogada Paulina Bravo sabe de eso. Preside el Observatorio de Derechos Sexuales y Reproductivos de las Personas con Discapacidad (Odisex), creado en 2016 para pelear por estos derechos, pero lo ha vivido en carne propia.

Era adolescente, aún no perdía por completo su visión, pero sentía que eran los demás quienes no la veían; que sus ilusiones afectivas eran cercenadas por una negación social implícita, como si no tuviera derecho a vivirlas, solo por ser ciega. Cuando llegaban sus tías y querían saber quién de sus hermanos y primos pololeaba a ella la saltaban. Hasta hoy, a los 43 años, asegura que nunca le preguntan en su familia si tiene pareja.

En los seminarios y charlas que ha dictado sobre el tema, Paulina ha comprobado que la anulación de la sexualidad se repite en todo Chile y lo explica así: “Muchas familias dicen que la persona con discapacidad es el angelito que les cambió la vida. Y los ángeles no tienen sexo”.

También lo ha notado la sicóloga y sexóloga Rafaella di Girolamo, especialista en terapias con el cuerpo y sexualidad en la discapacidad. “Se malentiende que también tienen discapacidad en el placer. Se los limita y les falta libertad para explorar”, dice.

Esteban Torres no quería que lo miraran así ni se conformaba con el rótulo de “discapacitado”. Necesitaba romper con esa visión y fue en esa búsqueda que dio con el Foro de Vida Independiente, creado en 2001 en España, y el concepto de “diversidad funcional”. El término es parte de un movimiento que nació en Estados Unidos en los 70 como una lucha de personas con algún tipo de discapacidad para derribar el mito de que no podían hacerse cargo de sus propias vidas. Que, aunque requieran cierto apoyo y asistencia, pueden ser autónomos y ejercer sus derechos. “¡Nada sobre nosotros, sin nosotros!”, es la consigna que los identifica.

Fue allí también que descubrió otro término que llamó su atención: la asistencia sexual. Pidió más material para saber de qué se trataba. Entonces sintió que tenía que hacer suya la frase de los diversos funcionales y dar a conocer en Chile lo que estaba descubriendo.

Felipe Orellana quedó tetrapléjico a los 16 por un piquero. Es seductor, estudió el tantra y está muy empoderado en su sexualidad. “Es paradójico, pero la discapacidad me ha enseñado de la sexualidad. Me obligó por la falta de movimiento
a desarrollar otras cosas”, dice.

La rebelión de los asexuados 
Algunas de las veces que Cristina Rey ha masturbado a alguien con diversidad funcional, aplica tanta fuerza que termina cansada. Ella es periodista de profesión, pero lleva décadas trabajando en distintas terapias para desarrollar la sexualidad: desde sesiones para la piel hasta terapias colectivas; todas las ofrece en su página web Amaeru Sexualidad Natural. En el verano europeo pasado se amplió a una nueva arista: la asistencia sexual. Una de las actividades que realiza, cuenta, es la masturbación para el autodescubrimiento, “puede ir desde un primer contacto para acercarse y tomar confianza hasta el orgasmo”, dice desde España.

Según la European Platform Sexual Assistance, la asistencia sexual consiste en apoyar a personas con discapacidades en todo el espectro de su sexualidad. Para algunos es una figura virtuosa, sobre todo para los que no pueden explorar su cuerpo ni tener relaciones por sí mismos. “Me transformo en sus manos para lograr una autoerotización”, dice Cristina.

En países como Suiza, Bélgica, Holanda o Alemania la asistencia sexual es parte de los servicios sociales que otorga el Estado porque lo entienden como un tema de salud. Se espera que un asistente sexual sepa manejar distintas situaciones como limpiar sondas o mover a la cama al cliente, en algunas partes su formación está regulada. Así es en Suiza, pero no en España. Cristina explica que allá “son las personas quienes me dicen cómo y qué hacer porque está dentro del concepto de vida independiente: ellos dirigen”.

Hay distintas definiciones y propuestas sobre la asistencia sexual: están quienes, como Cristina, ayudan a la autoexploración pero sin tener coito; hay organizaciones que ofrecen altruistamente tener relaciones; y están también las trabajadoras sexuales, que aseguran ser las más capacitadas para hacer ese trabajo.

En Chile recién se está empezando a conocer de esto en círculos muy pequeños. Y en eso Esteban ha sido de gran ayuda en la V Región. Desde Quillota, creó en 2014 el colectivo Diversidad Funcional Chile y empezó a dar charlas sobre asistencia sexual y la filosofía que hay detrás. Incluso ha expuesto en el Senado, ante la comisión de discapacidad y en conversatorios de bioética.

Ahí conoció a Tamara Suárez (31), una educadora diferencial que también hizo una búsqueda personal y hace charlas en la región sobre sexualidad y discapacidad. A los cuatro años la diagnosticaron dentro del espectro autista y 20 años después le dijeron que era Asperger. Tenía una hiper reacción al tacto y desde chica le cargaba que la abrazaran. Si bien disfrutaba el sexo, el contacto físico la perturbaba. Tanto que en sus primeras relaciones se quedaba en blanco, pues la superaba el nivel emocional de tanto roce. Ahora es distinto: “No tendría problema en trabajar como mediadora sexual. No sé si llegaría al coito, pero hay mucho para hacer”, dice.

Para llegar a ese cambio, tuvo que transitar por el mismo camino de autoaprendizaje que muchos otros han recorrido. No fue fácil. Quizás el que más le dolió fue con sus primeras relaciones sexuales, cuando su padre le dejó de hablar alrededor de dos años tras enterarse de que tenía parejas mujeres. Al saberlo, la llevaron al siquiatra. Eso le sirvió para conocer sus límites y aprender del ensayo y del error. “Pensaban que quizás no iba a poder decidir por mi diagnóstico. Me sentía invalidada. Ahora han evolucionado, pero tiene que ver con mi postura: me aceptas o no, nomás. Estoy empoderada de mi vida”, dice Tamara, quien tiene una hija de 3 años.

Tanto ella como Esteban quieren ser de los primeros asistentes sexuales en Chile, y así después ayudar a otros que quieran hacer lo mismo. Para eso pretenden ir a Argentina y anotarse en el curso que una vez al año dicta la educadora diferencial y orientadora sexual en diversidad funcional, Silvina Peirano, una de las máximas exponentes latinoamericanas en la materia.

“Hay cambios importantes que tienen que venir no solo de la sensiblización, sino también en las agendas de los Estados. Están pasando cosas importantes, pero necesitamos un colectivo más activo y orgulloso”, dice Silvina desde Buenos Aires. En sus cursos, asegura, cada vez se interesan más chilenos.

La abogada Paulina Bravo creó en 2016 Odisex, una organización que promueve los derechos sexuales de las personas con discapacidad. Ella es ciega.

Yes, we fuck
Soledad Arnau tiene 47 años y recién hace dos que pudo tocarse por debajo de su ropa interior. Fue gracias a su asistente sexual, Teo Valls, de 32 años.

Con él, Soledad pudo sentir la sensación de tocar sus pezones y la suavidad de sus manos. Ella es española y una férrea activista de la vida independiente. Su diversidad funcional es de 85%. Sus manos están dobladas y no tiene movilidad. La tienen que asistir para bañarse, cambiarse, para comer, pero su postura es que eso no la puede anular como persona. En 2015, el documentalista Antonio Centeno le preguntó si podía grabar una de las sesiones con su asistente sexual y ella accedió. Creía que si mostraba su realidad, podría fomentar políticas públicas enfocadas en la discapacidad desde esta nueva perspectiva. Así surgió el documental Yes, We Fuck, que provocó en España que esta filosofía tomara vuelo.

Allí se ve cómo Teo toma las manos de Soledad y las dirige para que ella misma pueda acariciarse. Si bien Soledad había tenido relaciones sexuales, era la primera vez que podía tocarse a sí misma. “Nunca había experimentado la sensación de sentirme. Me pareció precioso: mis dedos podían cogerme el pezón o meter mis manos en las bragas. Fue un momentazo de placer conmigo misma”, cuenta desde España.

La abogada Paulina Bravo vio en ese documental una herramienta para abrir el debate en Chile. Por eso lo ha exhibido en distintas charlas que ha realizado para dar a conocer Odisex, la organización que creó en marzo de 2016, luego de un viaje que hizo a Ginebra como delegada del Ministerio de Justicia para rendir el examen de Chile ante el comité de expertos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) respecto al cumplimiento de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Su intención inicial era difundir la asistencia sexual, pero al poco andar se dio cuenta de que aún era muy pronto y que en Chile había que partir por algo mucho más básico: el empoderamiento.

En 2015, el actor y comunicador audiovisual Felipe Orellana (36) fue uno de los fundadores de Ronda Chile, una organización que busca romper con los mitos y fomentar la inclusión sociolaboral desde las competencias. Aunque ya no forma parte de ella, esta institución le abrió puertas para conocer personas que querían, como él, cambiar esta mirada. Cree que algo pasa con la generación de treintones y cuarentones que en Chile hoy dan batalla para empoderarse. Ve que hay más gente que se reúne, que crean fundaciones y salen a pelear. Sin embargo, también cree que es un proceso lento, que antes de unirse, hay que pasar por un empoderamiento individual. Dice que para él, hacerlo no fue fácil, sobre todo desde el punto de vista sexual.

Quedar tetrapléjico a los 16 años de edad por un piquero, le produjo la primera duda: “¿Alguien me pescará?”. Se disipó rápidamente en pleno tratamiento de rehabilitación. Felipe Orellana es un seductor y le gusta jugar con eso. Su personalidad juega a su favor y se hizo conocido su espíritu aventurero cuando el año pasado se emitió por TVN un programa donde viajaba en su tricicleta por Chile, experimentando distintas actividades.

Pero detrás de ese personaje resuelto, hasta hace muy poco Felipe tenía muchas dudas. Su primera relación sexual, luego de quedar tetrapléjico, fue tres años después de su accidente. Estaba muy borracho. Ni siquiera se acuerda si lo disfrutó o si logró una erección. Pero sí se dio cuenta de que iba a necesitar que lo asistieran, que ya no podía hacer tantos movimientos por sí mismo y de que él siempre iba a tener que estar abajo. Desde entonces, para romper los prejuicios de si “se puede o no se puede”, Felipe empezó a enfocarse en el placer de la otra persona. “Dejé de buscar mi placer para que la otra persona lo pasara bien. Saqué aplausos, pero yo fingí muchísimo. Me autodiscapacité”, dice.

Un día dijo basta y dejó que lo acariciaran. Comenzó a estudiar el tantra y estuvo más atento a otros sentidos. Se empoderó de su sexualidad. Hoy se enorgullece: “Es paradójico, pero la discapacidad me ha enseñado de la sexualidad. Me obligó por la falta de movimiento a desarrollar otras cosas”, dice.

El año pasado se creó por primera vez una mesa técnica intersectorial sobre sexualidad en parte como respuesta al informe de la ONU y a la demanda de organizaciones. La conforman, además, el Servicio Nacional de la Discapacidad (Senadis) y el Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género (Sernameg), organizaciones de personas con discapacidad, entre ellas Odisex, y su objetivo es incidir en cambios normativos y legales para promover los derechos sexuales y reproductivos de las personas con discapacidad bajo una mirada de derechos humanos. Ahí también presentaron el documental e hicieron un seminario donde estuvo invitada la argentina Silvina Peirano.

La subdirectora de Senadis, Viviana Ávila, cuenta que, a partir de esa instancia, organizaciones creadas por personas con discapacidad se han acercado y les han pedido talleres prácticos sobre asistencia sexual en las regiones Metropolitana, del Biobío y Valparaíso. También un grupo de trabajadoras sexuales de la Fundación Margen ha planteado la posibilidad de capacitarse, luego de participar en un seminario.

“Hay un interés, pero nada concreto. A muchas no les gusta atender a personas con discapacidad porque no saben cómo hacerlo. Pero si se especializaran, tendrían otra llegada y perderían los miedos. Porque todos tienen derecho a una sexualidad plena”, dice Herminda González, presidenta de la fundación.

La oferta ya existe. Muchos portales de escorts ofrecen el servicio de “discapacitados”, aunque Soledad Arnau es categórica: eso es una prostitución especial, no es asistencia sexual.

Mientras, desde Buenos Aires, Silvina Peirano ve con interés lo que está pasando en Chile. La Universidad de Chile prepara junto al Senadis un curso de capacitación integral de la sexualidad para entregar, a partir de 2018, herramientas a profesionales de la rehabilitación. Ese mismo año espera Esteban Torres tener todo listo para echar a andar su Foro de Vida Independiente en Chile y convertirlo en un punto de encuentro, como el de España.

Para Silvina, lo que ocurre en Chile le parece familiar; porque así partió en España y Argentina años atrás.

“Cuando la persona con discapacidad se da cuenta de que el sexo tiene que ver con ellos no hay cuidador y restriccionismo que valga. Hay un activismo fuerte. Los ángeles se están convirtiendo en los sublevados que necesitamos. No hay vuelta atrás”, dice.

06 agosto 2016

Laura Moya: “La teoría crip es la parte más subversiva de la diversidad funcional”

Laura Moya. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)
Fuente:Arainfo.org
29 julio, 2016


Laura Moya es trabajadora social y estudiante de doctorado en Sociología en la Universidad de Zaragoza. Está desarrollando su proyecto de tesis sobre la teoría crip.

Mientras nos dirigimos a la cafetería del Paraninfo, vamos pasando en silencio por sus pasillos de color ocre. El suave golpeteo de las patas de Geneva nos acompaña mientras avanzamos. Laura me coge del brazo y hay momentos en que siento que me lleva ella y otros que le llevo yo. Eso me hace pensar que tengo un antebrazo delgado, y muy largo. Me aparto un poco antes de que comiencen a sonar los disparos de la cámara. Nos sentamos y, después de pedir algo para beber, comenzamos nuestra conversación.

¿Qué lugar ocupa lo corporal en tu trabajo?
Me dedico a investigar sobre la diversidad funcional, lo que antiguamente y no tan antiguamente se llamaba discapacidad. Dentro de ella, la teoría crip es la parte más subversiva y hace mucho hincapié en el cuerpo. Muchas investigaciones sociológicas le dan un papel central al cuerpo y la teoría crip sobre todo hace una crítica al cuerpo normativo. Ahora estoy haciendo la tesis doctoral con una beca y mi proyecto es hacer una investigación-acción participativa para, aparte de investigar, llevar a cabo una acción que tenga una repercusión en la realidad. Es lo que llamamos el analizador. Mi idea es exponer los cuerpos que siempre han sido clasificados como anormales, tratando esta diferencia desde una perspectiva positiva, de enriquecimiento corporal y cultural de todos los cuerpos.

¿Y qué es el analizador?
Hay diferentes metodologías participativas y una de ellas es construir un analizador basado en gente que participa para dar propuestas acerca de un proyecto a realizar. Nosotros escogimos gente del ámbito asociativo, artístico, de la Administración, de la Economía Social…, para que dieran ideas. Y los estimulamos con esta crítica al cuerpo normativo, en distintas sesiones, para que desde allí salieran actuaciones a llevar a cabo. Todo esto lo hemos ido volcando en un blog llamado Mundo Crip.

El grupo que empezamos a pensar en esto, a partir de diciembre, hicimos el analizador con una sesión al mes hasta el mes de junio, de manera que han ido saliendo distintas propuestas de actuación, y a partir de octubre o noviembre la idea es que llevemos a cabo las actuaciones. Entre las propuestas que han surgido está un mapeo crip sobre cómo experimentar la ciudad desde esta diversidad corporal, y otra es hacer poesía quebrada o tullida exponiendo versos no solo escritos en las paredes de las ciudades sino también a nivel sonoro, rítmico o con otras sensaciones corporales.

Retomando la teoría crip, ¿de dónde viene o cómo surge?
Podría decirse que la teoría crip es como la teoría queer para la diversidad funcional. Y viene sobre todo del mundo anglosajón, de Estados Unidos, pero luego ha llegado al contexto más cercano. Lo que intenta hacer es una crítica al cuerpo normativo, que se considera normal, y tener en cuenta que este cuerpo es construido social y culturalmente en categorías como la que diferencia los cuerpos entre capacitados y discapacitados. Esta categoría hace referencia a un ideal funcional que confunde la funcionalidad mayoritaria con la capacidad, sin considerar otras funcionalidades minoritarias que realizan esa capacidad pero que no son tan conocidas. Un ejemplo sería que la capacidad es comunicarse pero se entiende que la funcionalidad mayoritaria de esta capacidad es la lengua oral y por tanto se entiende esto como capacidad sin tener en cuenta otras funcionalidades minoritarias como la lengua de signos o los pictogramas. Esto mismo ocurre con otras categorías que distinguen entre los cuerpos sanos o deficientes, sin considerar que la salud se refiere a características mayoritarias que no tienen en cuenta diferencias orgánicas. Así que se trata de desnaturalizar estas categorías, la deficiencia y la discapacidad, a partir de la teoría crip y exponer esta diferencia con orgullo. Porque el término crip viene del diminutivo de la palabra cripple que significa tullido en inglés, y su objetivo era escoger una denominación que ha sido considerada negativa y convertirla en un signo de orgullo.

Eso me recuerda que desde la diversidad afectivo-sexual se ha reivindicado el término maricón por ejemplo y eso ha conseguido que deje de tomarse como un insulto.

Es que la teoría crip viene de la teoría queer, el término utilizado por el colectivo LGTBI para autodenominarse de manera desafiante. El término crip se empieza a utilizar en la década de los 90 de modo que en Estados Unidos la gente con diversidad funcional empezó a autodenominarse con estas palabras. El precursor de la teoría es Robert McRuer, que publicó un libro titulado Crip Theory en el año 2006. Y yo creo que es algo que en la cultura sí que está instalado, ese humor negro, pero nunca había salido a la luz. Por ejemplo, con gente que son ciegos o tienen discapacidad visual si vas a coger una cosa que resulta que no es lo que piensas. Como un amigo mío que el otro día en casa fue a tocar un gato que tiene y resulta que era una piedra del jardín, y entonces le dices ¡ala qué cegatada! Este término de ‘cegatada’ tiene mucho que ver con lo crip. Y ahora se está expandiendo con orgullo como diciendo ¿qué pasa?, no soy normal pero tampoco quiero serlo, estoy a gusto con mi diferencia. Y esto es algo que en el movimiento de la discapacidad ha estado muy ocultado porque ha habido un intento de asimilación a la norma, de que no se note la diferencia.

11 enero 2016

"Mitología de la sexualidad especial: el devenir de los deseos en minusvalizantes necesidades"


Fuente: Revista Incluir

Agradecemos a lxs compañerxs de Asociación Civil Incluir, por la publicación en su revista de unas reflexión que siguen rodando y compartiéndose: 


"Mitología de la sexualidad especial: el devenir de los deseos en minusvalizantes necesidades". 

Autora: Silvina Peirano

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